viernes, 18 de noviembre de 2011

Cumpleaños del abuelo


Mi abuelo es ingeniero de Minas. Era lógico que para celebrar su octagésimo cumpleaños visitáramos el Museo de la Minería y de la Industria (Asturias). Sólo había un problema: desde siempre tengo miedo de estar bajo el suelo. Me da pánico entrar al garaje, aunque ahora soy capaz de disimularlo un poco. Se me pone una bola en el estómago que a veces me sube hasta la garganta, amenazando ahogarme. Procuro no mirar al techo, no mirar a las paredes y pensar en cosas bonitas. Si puedo evitar ir, mejor todavía.

La idea de visitar una mina me daba pesadillas y me hacía temblar de terror. Por supuesto, no se lo dije a nadie, hubiera sido el blanco de todas las bromas de mis hermanos.

Llegó el día señalado. El museo me gustó y conseguí olvidarme de mis temores porque estaba entretenida viendo a mis hermanos hacer el tonto. Todo iba de maravilla, hasta que tocó entrar en el ascensor para bajar a la mina. El corazón me latía muy fuerte y sospeché que todos podían oírlo.

Eran pasillos oscuros y húmedos. Miraba sobre todo al techo, por si veía señales de hundimiento, y procuraba no separarme del grupo de mi familia, deseando que todo acabara ya.

Mi tío señaló una bifurcación:

- Por ahí está el monstruo de la Mina.

Se me erizaron todos los pelos del cuerpo. Mi hermano Pablo susurró:

-Vamos por ahí.

Y Luis estuvo de acuerdo. Yo me negaba, estaba paralizada por el miedo a la mina, a estar en el subsuelo, y por el monstruo.

-¡Cobardica!- me decían.

Porque saben que como soy la pequeña y no quiero parecer miedica, si me dicen eso siempre les acompaño. Me fui con ellos más muerta que viva.

No habíamos avanzado más que un par de pasos cuando notamos una corriente de aire más fresco y oímos un ruido. Para mí fue peor que un rugido del león del zoo, y salí corriendo sin mirar a ningún lado. Alcancé al grupo de mayores y me abracé llorando a mi madre. Me tuvieron que subir. Yo oía las risas de todos, pero sólo pensaba una cosa: que jamás se lo perdonaría a Pablo. La próxima vez sería yo quien le diera el susto.

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