sábado, 26 de noviembre de 2011

Química en la literatura (II): Frankenstein o el moderno Prometeo


      “- Me alegro- dijo M. Waldman- de haber ganado un discípulo; y si su aplicación iguala a su capacidad, no me cabe ninguna duda de que triunfará. La química es la rama de la filosofía natural en la que se han hecho y pueden hacerse los más grandes progresos; ésa es la razón por la cual la he convertido en mi especialidad; pero al mismo tiempo, no he descuidado las demás ramas de la ciencia. Sería un mal químico si me dedicara a esa parcela del saber humano. Si su deseo es llegar a ser verdaderamente un hombre de ciencia y no un mero experimentador, le aconsejo que se aplique en todas las ramas de la filosofía natural, incluidas las matemáticas.

            A continuación me llevó a su laboratorio y me explicó los usos de los diversos aparatos, aconsejándome sobre los que debía procurarme, y prometiendo que me dejaría utilizar los suyos cuando hubiese progresado lo bastante como para no estropear su funcionamiento. También me dio la lista de libros que le había pedido, y me despidió.

            Así concluyó un día para mí memorable, que decidió mi destino futuro.”

Frankenstein o el moderno Prometeo, Mary Shelley

           

  Este fragmento de Frankenstein me trae buenos recuerdos. Formó parte de un examen de Informática Aplicada en el que tenía que idear un programa capaz de contar las palabras. Fue la primera vez que logré que me funcionara un programa hecho por mí y obtuve la máxima nota.

            Quizá antes que nada, para los que no hayan leído la novela, habría que explicar que el narrador se llama Víctor Frankenstein, que es un muchacho serio y responsable que se dispone a empezar sus estudios. También hay que explicar que cuando en el texto se refiere a filosofía natural se trata de lo que hoy conocemos como física.

            Me parece interesante el consejo que le da el profesor a Frankenstein: le habla de la diferencia entre ser hombre de ciencia y mero experimentador. La sociedad actual empuja a los científicos a especializarse más y más, que es la mejor manera de obtener antes resultados aplicables. Pero, yo me planteo, ¿qué es mejor? ¿Ser un mero experimentador o un hombre de ciencia?

            Es cierto que nuestro entendimiento no puede abarcar todas las ciencias en la profundidad necesaria para lograr un avance. Pero considero que tampoco un científico se puede “estancar” en su especialidad, sino que tiene que ser un hombre de ciencia: que se plantee interrogantes fuera de su área de investigación, que esté dispuesto para el reto de intentar comprender lo que no le es tan cercano (entender ciencia vs usar ciencia),... ¿Un ideal muy alto del científico? Pues, aún propongo más.

            Creo que no le destripo a nadie la novela al decir que Frankenstein crea un monstruo: un ser humano de extremada fealdad pero capaz de sentir lo bello y lo bueno, y actuar en consecuencia. Frankenstein se arrepiente de lo que ha hecho.

            Las ciencias no han bastado para detener la catástrofe de Frankenstein. Él se deja llevar por el afán de conocimiento, por lograr lo que nadie ha logrado,... No hay ninguna ciencia que se oponga a lo que él intenta y finalmente consigue. A partir de ese momento, la vida de Frankenstein no volverá a ser lo que era, se convierte en una vida desastrosa en la que se vuelven contra él todo lo que ha amado, y que ya no se siente suficientemente puro para amar de nuevo.

            Todo lo que es posible científicamente, no es necesariamente bueno para el hombre, para la ciencia, para la humanidad. Es preciso reconocer los límites éticos y morales de la ciencia.

            Lo que yo propongo no es sólo el hombre de ciencia sino el científico humanista. El científico que no renuncia a ninguna de las disciplinas de las letras ni de las ciencias para lograr encontrar un poco de verdad, un poco de belleza en el mundo que nos rodea.

1 comentario:

  1. Un pendiente que tengo desde hace rato, que habrá que subsanar cuanto antes

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