miércoles, 21 de diciembre de 2011

Un hombre de ciencia (Francis S. Collins)


Su interés por la ciencia se remonta a cuando tenía catorce años, en palabras suyas: “mis ojos se abrieron a los poderosos y excitantes métodos de la ciencia. Inspirado por un carismático profesor de química que podía escribir la misma información en el pizarrón con las dos manos simultáneamente, descubrí, por primera vez, la intensa satisfacción de la naturaleza ordenada del universo. El hecho de que toda la materia estuviera constituida por átomos y moléculas que obedecían principios matemáticos, fue una revelación inesperada, y la capacidad de usar las herramientas de la ciencia para descubrir nuevas cosas de la naturaleza me cautivó de inmediato como algo de lo que quería formar parte.”

            Estudió primero química en la Universidad de Virginia, y empezó su doctorado en fisicoquímica en la Universidad de Yale. Aunque disfrutaba con la mecánica cuántica, le parecía que ya estaba todo más o menos descubierto y que su futuro era únicamente ser profesor universitario. Al apuntarse a un curso de bioquímica le fascinaron el ADN, ARN y las proteínas; y decidió dar un giro radical a su vida: se fue a estudiar medicina a Carolina del Norte. Ya estaba casado y tenía una hija.

            A lo largo de sus años universitarios había pasado de un agnosticismo cómodo a un ateísmo convencido. Sin embargo, al atender a pacientes terminales en su tercer año de medicina, volvió a plantearse el tema de la existencia de Dios: “¿No me consideraba a mí mismo un científico? ¿Sacaba un científico conclusiones sin considerar los datos? ¿Podría existir una pregunta más importante en toda la existencia humana que “existe Dios”? Y sin embargo, allí estaba yo, con una combinación de ceguera deliberada y algo que sólo podía ser propiamente descrito como arrogancia, al haber evitado cualquier consideración seria de que Dios fuera una posibilidad real.”

            Un pastor protestante le prestó el libro de Mero cristianismo de C.S. Lewis, y allí encontró plasmadas todas sus dudas porque precisamente el autor era un cristiano converso. Argumentos tales como la universalidad de la ley de moralidad-inmoralidad de los actos humanos le convencieron para aceptar la existencia de un Dios Creador e interesado por sus criaturas.

            Dentro de la medicina, se especializó en la naciente rama de la genética, y su primera publicación trataba de una proteína que se encuentra en los glóbulos rojos del feto humano. Más tarde, trabajó en la enfermedad de la fibrosis quística, buscando el gen heredado que producía esta enfermedad. Después de que Watson renunciara a dirigir el llamado Proyecto Genoma Humano, eligieron a Collins. En 2000 habían conseguido un primer borrador “del libro de instrucciones del cuerpo humano”., que fue anunciado por el presidente de EE.UU.

            Collins no vacila en declararse un científico creyente en pleno siglo XXI. Es más, está convencido de que ciencia y fe no están reñidas, sino que pueden colaborar. Pero claro, entonces la ciencia tiene que admitir que hay preguntas para las que no tiene respuesta como el sentido de la vida humana, la existencia de Dios,... Puesto que no existe evidencia contraria a la existencia de un Ser Superior, la ciencia en cuanto tal, no puede negarla, aunque tampoco afirmarla. Sin embargo, Collins es contrario también a la tesis creacionista, le parece que un Dios que rellena los huecos en blanco de la ciencia es un Dios vulnerable a que la ciencia acabe encontrando la explicación. Lo que propone Collins es un evolucionismo teísta o, como él lo denomina, BioLogos: un Dios Creador del Universo, que al crearlo conocía las leyes que harían factible la vida, que se desarrolla y diversifica a través de la selección natural: un Dios fuera del tiempo, porque está fuera del mundo, pero que no se desentiende de sus criaturas.

            Se puede o no compartir la opinión de Collins. Como biólogo y científico es un defensor acérrimo de la teoría de la evolución de Darwin pero no piensa que esto contradiga su fe. Las semejanzas en el genoma del chimpancé y del hombre predicen un ancestro común, pero no explican la inteligencia y voluntad humanas, que son características espirituales que Collins atribuye a que Dios inspiró el alma humana en el hombre. Simplemente viene a decir que la fe no es irracional y que la ciencia por lo tanto no está reñida con ella. Me ha parecido muy interesante su libro  ¿Cómo habla Dios? La evidencia científica de la fe,por si alguien quiere profundizar más.

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