sábado, 11 de febrero de 2012

Investigación en ciencia: serendipity


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Se cuentan muchas historias sobre los descubrimientos en ciencia. Fleming descubrió la penicilina porque se le contaminaron las muestras con las que trabajaba; las benzodiacepinas (fármacos que se usan en el tratamiento de la depresión, el insomnio y la ansiedad, entre otros) se descubrieron al hacer limpieza en el laboratorio, se encontraron unos cristales y los mandaron a analizar y resulta que tenían actividad farmacológica. Así, podríamos seguir poniendo muchos ejemplos que podrían venir a decir que los grandes descubrimientos de la ciencia son fruto de la suerte. Mi profesor de Química Farmacéutica, miembro de la IUPAC, lo negaba categóricamente. Él definía este tipo de descubrimientos como serendipity: una mezcla de trabajo, creatividad y suerte.

Suerte a secas no era, porque el investigador podía llevar años tras ese resultado, y de repente, un día lo encuentra casi como por casualidad. ¿Pero se puede hablar de casualidad cuando se está trabajando en ello? Y, sin embargo, sí que hay un componente de casualidad o de suerte o de como lo quieras llamar... La palabra según el profesor Antonio Monge es serendipity.

La investigación es un trabajo donde se mezclan la rigurosidad propia de las ciencias experimentales con la creatividad del propio investigador: hasta dónde es capaz de imaginar, hasta dónde es capaz de ver... Julio Verne en sus novelas habla de inventos que no s ehicieron hasta mucho después. El científico hace algo parecido, aunque quizá no quede tan bonito al ponerlo en un artículo de una revista científica. Es cierto que todo artista aporta un algo a su obra de arte, mientras que el científico se limita a descubrir cómo funciona el universo y cómo puede aprovechar ese funcionamiento para hacer la vida mejor.

Se dice que nadie puede sustituir a un artista, en cambio, a un científico sí. Pero creo que no estoy de acuerdo. Sin quitar nada del mérito que todo buen artista se merece, pienso que el investigador también es artista y que la calidad de sus descubrimientos depende en buena medida de esa dosis de artista o de creatividad. Al fin y al cabo, hay que tener imaginación para postular la teoría de la relatividad, y luego demostrarla con hechos empíricos. Hay que desarrollar la creatividad para diseñar nuevos productos que nos faciliten la vida, sin comprometer la calidad de generaciones futuras. Hay que saber apreciar lo bello para apasionarse con lo que uno hace e invertir horas de largos y repetitivos experimentos que parecen no llevar a ningún lado. Quizá soy demasiado idealista, pero pienso que todos podemos cambiar el mundo. Basta imaginar que es mejor y ponerse manos a la obra cada uno en lo que mejor sepa. Si es ciencia, ciencia, si es arte, arte, si son letras, letras.

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