viernes, 20 de abril de 2012

Autobiografía poética (corregida y retocada)


 Raquel Cascales me ha sugerido algún cambio, y luego ya he seguido yo... ;)

Me regalaron un cuaderno
de Mickey Mouse, donde
escribía poesías sobre
Navidad. Quería ganar
algún año el concurso
del colegio (nunca
lo conseguí).

Llegó Secundaria,
perdido el cuaderno,
y a estudiar a los clásicos,
el romanticismo,
las vanguardias,
y las generaciones
del 98 y del 27.

Coqueteé con las Rimas
de Gustavo Adolfo Bécquer,
en la adolescencia.
Abandoné la poesía poco
después asustada de
la floritura de Rubén Darío.

Y me fui por Ciencias.
Andando los años,
coincidí con poetas
que recitaban poesías.

No era mi mundo.
(¡Ay si dejáramos de lado
tantos qué dirán, qué pensarán,
yo no valgo ni sirvo...!)
Me siento más cómoda
entre causalidades
que entre metáforas,
aliteraciones y métricas...

Pero llegó un momento
que inmersa en el manual
de la Química Física,
me puse a componer versos
sin rima. Los guardé en secreto
entre problemas de ecuaciones.
Y no fue un poema
(en concreto fueron tres).

Mil veces los escribí
y otras mil los borré...
Estaban en mi memoria,
los repetía de vez en cuando
para no olvidarlos,
se los dejé a una amiga
(qué vergüenza).

Al segundo intento
empecé un blog,
y las colgué.
Porque aprendí
que cuando se escribe
para uno solo
el egoísmo corroe
más que el odio
y envenena hasta
el licor más dulce.

Por eso, aunque
no tenga público,
este es un blog
donde publico
algo parecido
(o no)
a la poesía.

Sin maestros, ni guías
me adentré con Pedro Salinas,
qué dulzura de imágenes,
de la amada y del amor.

Seguí con Antonio Machado,
y se me hizo árido,
acudí a mis recuerdos
de Literatura,
para conocer su Soria.

El nombre de Enrique García-Máiquez
venía asociado a un poema
sobre El hijo que no tengo,
muy pronto fui seguidora
de su blog. Leí
(por recomendación)
a su hermano Jaime,
y me enganchó
Miguel d'Ors
con su poesía como orballu:
esa lluvia que va calando
sin que te des cuenta.

Así sigo desahogándome,
 buscando agujas
de oro en un pajar
de clásicos.

Otro accidente: y
desemboqué en Orihuela,
dándome de bruces con
Miguel Hernández, y ahí
estoy: aprendiendo de métrica,
conociendo al poeta,
a su tierra, la guerra,
la luna y el sol.

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¿Cómo terminar una historia?