miércoles, 25 de abril de 2012

Marginados sociales


Ya entiendo la etiqueta de Enrique García-Máiquez de que los más míos los han escrito siempre otros... Y es que nunca hubiera sido capaz de expresarlo mejor que así, que Victor Hugo el capítulo La ola y la sombra (Los miserables):

            “¡Un hombre al mar!
           
            ¡Qué importa! El buque no se detiene por eso. El viento sopla; el sombrío buque tiene una senda trazada, que debe recorrer necesariamente. Y pasa.

            El hombre desaparece y vuelve a aparecer, se sumerge y sube a la superficie; llama; tiende los brazos, pero no es oído; el buque, temblando al impulso del huracán, continúa sus maniobras; los marineros y los pasajeros no ven al hombre sumergido; su miserable cabeza no es más que un punto en la inmensidad de las olas.

            Sus gritos desesperados resuenan en las profundidades. Observa aquel espectro de una vela que se aleja. La mira, la mira desesperadamente. Pero la vela se aleja, decrece, despararece. Allí estaba él hacía un momento, formaba parte de la tripulación, iba y venía por el puente con los demás, tenía su parte de aire y de sol, estaba vivo. Pero ¿qué ha sucedido? Resbaló, cayó. Todo ha terminado.

            Se encuentra sumergido en el monstruo de las aguas. Bajo sus pies no hay más que olas que huyen, olas que se abren, que desaparecen. Estas olas rotas y rasgadas por el viento, le rodean espantosamente; los vaivenes del abismo le arrastran; los harapos del agua se agitan alrededor de su cabeza; un pueblo de olas escupe sobre él; confusas cavernas amenazan devorarle; cada vez que se sumerge descubre precipicios llenos de oscuridad, una vegetación desconocida le sujeta, le enreda los pies, le atrae; siente que se va a connaturalizar con el abismo, que forma parte ya de la espuma, que las olas se le echan de una a otra; bebe toda su amargura; el océano se encarniza con él para ahogarle; la inmensidad juega con su agonía. Parece que el agua se ha convertido en odio.

            Pero lucha todavía. Trata de defenderse, de sostenerse, hace esfuerzos, nada. ¡Pobre fuerza agotada ya, que combate con lo inagotable!

            ¿Dónde está el buque? Allá a lo lejos. Apenas es ya visible en las pálidas tinieblas del horizonte.

            Las ráfagas soplan, las espumas le cubren. Alza la vista; ya no divisa más que la lividez de las nubes. En su agonía asiste a la inmensa demencia de la mar. La locura de las olas es un suplicio; oye mil ruidos inauditos que parecen salir más allá de la tierra, de un sitio desconocido y horrible.

            Hay pájaros en las nubes, lo mismo que hay ángeles sobre las miserias humanas, pero ¿qué pueden hacer por él? Ellos vuelan, cantan y se ciernen en los aires, y él agoniza. Se ve ya sepultado entre dos infinitos: el cielo y el océano; éste es sus tumba, aquél, su mortaja.

            Llega la noche; hace algunas horas que nada; sus fuerzas se agotan ya; aquel buque, aquella cosa lejana donde hay hombres ha desaparecido; se encuentra, pues, solo en el formidable antro crepuscular; se sumerge, se estira, se enrosca; ve debajo de sí los indefinibles monstruos del infinito; grita.

            Ya no le oyen los hombres. ¿Y dónde está Dios?

            Llama: “¡Socorro! ¡Socorro!” Llama sin cesar.

            Pero nada en el horizonte, nada en el cielo.

            Implora al espacio, a la ola, a las algas, al escollo; todo ensordece. Suplica a la tempestad; la tempestad imperturbable sólo obedece al infinito.

            A su alrededor tiene la oscuridad, la bruma, la soledad, el tumulto tempestuoso y ciego, el movimiento indefinido de las temibles olas; dentro de sí, el horror y la fatiga; debajo de sí, el abismo sin un punto de apoyo. A su imaginación se presentan las aventuras tenebrosas del cadáver en medio de la sombra ilimitada.

            El frío sin contacto alguno le paraliza. Sus manos se crispan y se cierran, y cogen al cerrarse la nada. Vientos, nubes, torbellinos, estrellas: ¡todo le es inútil! ¿Qué hacer? El desesperado se abandona; el que está cansado toma el partido de morir, se deja llevar, se entrega a la suerte y rueda para siempre en las lúgubres profundidades del sepulcro.”

        Está hablando de un presidiario recién salido de la cárcel y a quien la sociedad le da la espalda. Pero pienso que podría aplicarse igual de bien a los niños que mueren sin nombre, al pobre que pide en la puerta de una iglesia, al inmigrante que toca el acordeón en el parque, a los sin techo, a las personas enfermas,... En fin: a todo aquel que se encuentre solo. Y así queda una nueva entrada dedicada a la Soledad.

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