jueves, 28 de junio de 2012

Más de ciencia, razón y fe

Esta entrada está dedicada a mis amigos los filósofos, aquellos que piensan que la ciencia es control, dominio y manipulación. Me baso en el gran filósofo Santo Tomás de Aquino para justificar que el sentido de la investigación científica le viene dado por ser parte de la búsqueda de verdad. La labor de Santo Tomás de Aquino, en palabras de Chesterton: “Había ganado su batalla por un radio más amplio de la filosofía y de la ciencia; había desbrozado el terreno para un acuerdo general sobre la fe y la investigación; un acuerdo que en general ha sido respetado entre los católicos, y desde luego nunca abandonado sin desastre. Era la idea de que el científico siguiera explorando y experimentando libremente, mientras no reclamara para sí una infalibilidad e irrevocabilidad que habría ido en contra de sus propios principios. Entretanto la Iglesia seguiría desarrollando y definiendo acerca de cosas sobrenaturales, mientras no reclamara para sí un derecho a alterar el depósito de la fe que habría ido en contra de sus principios. (…)

Y un poco más adelante, en la misma biografía vuelve a resaltar: “Santo Tomás estaba dispuesto a admitir que a la única verdad se pudiera acceder por dos caminos, precisamente porque estaba seguro de que solo existe una verdad. Por ser la fe la única verdad, nada podía descubrirse en la naturaleza que en última instancia contradijese a la fe. Por ser la fe la única verdad, nada realmente deducido de la fe podría en última instancia contradecir los hechos. Era sin duda una confianza curiosamente osada en la realidad de su religión; y aunquealgunos aún persistan en disputarla, se ha justificado.

Pero lo que más me ha gustado es la sutil defensa de lo útil, cómo Santo Tomás de Aquino descubre que el conocimiento comienza en los sentidos: es un filósofo puramente realista, que valora la materialidad de la realidad que le rodea. Chesterton acaba afirmando que el pecado es espiritual (procede del espíritu) mientras que el mundo al ser creado por Dios, “vio que era bueno” según relata el Génesis. Todavía va un paso más lejos: quizá la materia no fuera del todo pura (como sugirieron Platón y San Agustín, y detrás todos los agustinianos), pero tras la Encarnación todos los sentidos (a través de los cuales conocemos) han sido purificados, “hechos de nuevo”, lo material nos puede llevar de vuelta a Dios.

Aquí se justifica plenamente las ciencias experimentales como búsqueda de una mayor comprensión del hombre y del mundo. Obviamente el conocimiento científico no basta para que el hombre sea consciente de su relación de criatura con su Creador, y aquí es dónde Benedicto XVI propone ese diálogo interdisciplinar. También se requiere la moralidad para un uso de la ciencia, pues la mera utilidad de lo investigado no es razón suficiente para legitimarlo: es necesario, como señala Benedicto XVI en el mismo discurso, que esté al servicio del desarrollo integral del ser humano.

Bibliografía

Discurso de Benedicto XVI a la Academia Pontificia de las Ciencias, 2010

Santo Tomás de Aquino, G. K. Chesterton

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