miércoles, 9 de enero de 2013

3. En busca de manuscritos

Si le parece al organizador, este capítulo 3 participará en la III Edición del Carnaval de Humanidades para demostrar que la Ciencia es Cultura, y por tanto, la historia de la ciencia y de los primeros científicos está interrelacionada con el desarrollo de la cultura occidental, San Alberto Magno patrón de los científicos fue un monje santo para la Iglesia Católica, alquimista, aristotelista cuando era una herejía para su fe, observador naturalista y mucho más.


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¡Por fin!, había encontrado lo que llevaba meses buscando, y no pararía por poca luz que diese la vela. ¿Conseguiría terminarlo antes de la medianoche? No debía llegar tarde a los maitines…, y después apenas habría tiempo hasta los laudes. ¿Por qué tenía que oscurecer tan rápido? Su ritmo de lectura bajaba considerablemente sin que tuviera que ver con el cansancio acumulado. Y es que cuando estaba estudiando  el tiempo dejaba de existir y solo importaba aclarar el asunto que le quitara el sueño en ese momento. Claro que para vivir en el convento tuvo que aprender a calcular el tiempo, normalmente gracias a la incidencia de la luz solar, y varios otros trucos desarrollados de manera inconsciente. Al principio se había ganado severos sermones por impuntualidad en la vida monacal. Tenía mucho que agradecer a la aptitud para el estudio, el superior le había exonerado de las tareas pesadas para que dedicara su tiempo a la preparación para obtener su magister theologiae en París.

El primer año como novicio fue la prueba de fuego. El resto ya salía solo, incluidos los ayunos y demás mortificaciones corporales estipuladas por Santo Domingo. Se había acostumbrado a las largas caminatas para recorrer la ciudad y acudir a dónde les llamaban o dónde les enviaba el superior. También a la estructura del estudio en lectio y disputatio, más las llamadas artes liberales.

Se transmitía de año en año la leyenda de la primera intervención pública de Alberto. La exposición brillante y clara de la doctrina agustiniana, y el acierto en contestar las quastiones planteadas por los maestros. La alocución final en la que recogía la tesis defendida y el silencio que se podía cortar al finalizar. Cuando sonó el atruendo de los aplausos, el ponente se sobresaltó visiblemente, Alberto había levantado la vista hacia el tribunal que también se habían unido al público, Alberto notó cómo las orejas le ardían. Con el tiempo había conseguido no enrojecer demasiado cuando había de hablar ante muchas personas.

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Desde entonces, leía sin descanso los manuscritos que se guardaban en el naciente Studium Generale de la Orden dominicana en Colonia. Aprendió nuevas lenguas como el hebraico y alguna noción de griego, además de perfeccionar su latín, por el afán de leer los escritos originales. Era una manía estrambótica y a veces peligrosa, ¿acaso no le bastaba con la lengua hablada por Jesús de Nazareth y los Apóstoles? No, no bastaba. Había un mundo entero por descubrir acerca de otras tierras que habían establecido un modo vde vida distinto…, y no por ser paganos habían de estar equivocados en todo… ¿Acaso la Iglesia no había aceptado las tesis agustinianas que provenían del pagano Platón? Estaba claro que la observación de la naturaleza mostraba las maravillas de su Creador, si solo existía una verdad, ¿los paganos no la habrían encontrado aunque con cierto error? Si uno estaba firme en sus creencias, ¿por qué había de ignorar todos aquellos pozos de sabiduría que no podían hacer ningún mal a nadie? Pues si era verdad, ¿cómo no iba a ser parte de la Verdad, y por lo tanto del Bien? Y el bien no podía ser mal por definición…

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Estas ideas eran peligrosas, y Alberto tenía que tener cuidado con quién las compartía. Estudiar ejercitaba las virtudes, sobre todo la paciencia por no tener acceso a satisfacer las dudas acuciantes, y la prudencia de no compartir lo que otros no entenderían. Al fin y al cabo como decía San Pablo, había que procurar no escandalizar a los débiles para evitar la condenación aquellos y de su propia alma. No era un consuelo fácil el tener que escoger la vía más segura y no la más rápida, que hubiera sido aprender árabe. Ellos eran mucho más abiertos a otras culturas y poseían manuscritos de gran valor, además de descubrimientos recientes interesantes. Pero aprender árabe conllevaría ser anatema y la excomunión. Alberto tenía aprecio a su fe y su llamada, lo que implicaba grandes sacrificios en la vida intelectual y un sentimiento intenso de soledad que a veces no remitía ni cuando se ponía delante de su Dios.

No le preocupaba demasiado que los demás le consideraran excesivamente original por esa ansia de conocer las últimas causas y primeros principios. Apenas quedaba ya nadie en el convento capaz de recordar su noviciado y a fray Ilustrísimo, ni la noche que cambió su vida para siempre. Era obvio que todos en su momento habían apreciado el cambio de carácter, su aplicación al estudio, y su reciedumbre para trabajar en lo que le pidieran. Nadie se explicaba qué había ocurrido ni por qué Alberto acudía cada día con flores para la Virgen de la catedral en construcción, y pasaba las noches estudiando viejos manuscritos o de rodillas en la capilla.




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