sábado, 26 de enero de 2013

4. El teólogo alquimista

(Continuación de 1. La noche oscura del alma2. Fray Ilustrísimo y 3. En busca de manuscritos)
Fausto y Mefistófeles vía

Sabía que tenía fama de loco, cuando no de pecador. Su MagisterTheologiae le salvaba de que lo acusaran de pacto con el diablo, al menos de momento. Es cierto que en la zona que ocupaba del convento, en ocasiones había un tufillo intenso a azufre, aunque procuraba disimularlo calentando muchas más cosas de olores aromáticos... Alberto había descartado que el diablo se hallara detrás de sus pruebas, ya que nunca oyó voces ni se le apareció en medio de llamas. Así que dedujo que los cambios que detectaba en sus pócimas se debían al efecto de la llama o alguna otra explicación más terrenal que el fuego del Infierno. Pero era difícil conseguir hacerse entender por el colectivo que formaban sus hermanos frailes, muy buenos y santos, pero poco predispuestos a indagar acerca de la materia que formaba el mundo en el que cultivaban, cocinaban y vivían. Cierto que “materia” era un concepto tomado de Aristóteles..., y los hermanos que estudiaban teología en la universidad de París, con suerte habían leído traducciones de Platón, el cual no se preocupaba de tales asuntos ya que no pertenecían a su mundo de las Ideas.. Alberto mismo no conocía apenas el griego y había de servirse de traducciones de Maimónides y Avicena, siempre a escondidas para evitar sospechas malintencionadas. Varias veces habían intentado acusarle de prácticas diabólicas, pero nunca pasaban a mayores. ¿Cómo es que Alberto había vendido su alma al diablo, y por eso destacaba en la solidez de su doctrina católica tanto desde el púlpito como en la cátedra? ¿Alberto que pasaba horas en la capilla, y que todos sabían que tenía las rodillas despellejadas y encallecidas de arrodillarse? ¿Alberto que celebraba cada día la Misa con sumo cuidado y devoción? Difícilmente podría alguien creerse en serio dichas acusaciones.
Maimónides vía

Gracias sean dadas al Dios que le concedía la libertad de llevar a cabo sus experimentos y observaciones. Ya habían pasado los tiempos difíciles cuando solo era un fraile más que estudiaba teología, y que tenía que esconderse. Muchas de sus ideas (“¿y si hiciera tal cosa?”) habían tenido que aguardar años en su memoria antes de poder ensayarlas. Ahora siempre que tuviera cuidado y discreción conseguía un mínimo de intimidad y de espacio y tiempo para dedicar a sus estudios naturalistas.


París tenía las ventajas de una gran urbe: uno podía encontrar todo aquello que necesitara: manuscritos sobre alquimia y la naturaleza, tratados teológicos y filosóficos griegos y judíos, y se podía adquirir minerales y piedras raras. Se decía de Alberto que tenía amigos debajo de las piedras, y así conocía a un soplador de vidrio que le ayudó a construirse un alambique (que en cierta ocasión vio en casa de un afamado alquimista), había estado varias veces en la forja de espadas observando con minuciosidad el proceso. Allí siempre había fuegos más grandes y potentes que en casa del alfarero, y uno podía ver cómo los sólidos y los metales nobles usados para las armas de caballería se convertían en líquidos brillantes y viscosos que tomaban la forma del recipiente en los que eran vertidos. Alberto siempre llevaba encima un trozo de pergamino para apuntar todo aquello que le pareciera de interés, y que quisiera pensar con más detalle. A veces se llevaba pequeños trozos sobrantes de los metales de la forja, y los trataba con los ácidos obtenidos en su alambique.

Fuente

“Obtenemos un fluido de destilar el nitro y el vitriolo (ácido nítrico), que ha de manejarse con extremo cuidado, pues una gota es capaz de destruir la madera, el pergamino, o la túnica, y no sería la primera vez que alguna persona presente quemaduras por tocarlo. Intentando conocer la naturaleza de esta nueva sustancia encontrada por el hombre, he probado a ponerla en contacto con agua, jabón, vino, pan y queso. Pero su comportamiento es totalmente distinto al aproximarlo al acero o a hierro puro: es como si  tuviera una extraña ‘afinidad’ por los metales.

Fuente
“Muchos años de experiencia, observando e incluso probando yo mismo como si fuera un aprendiz más en la forja, me llevan a negar que sea posible obtener oro de otro metal. Mediante el fuego podemos transformarlos en líquidos, y también con bastante cantidad de destilado. Las ocasiones en las que alguno dice haber conseguido la transmutación en oro, revelan finalmente ser engaños, y es que como mucho, se puede recubrir con oro o bien con algún mineral que se asemeje al color del oro, pero eso no cambia la sustancia del metal.”

Alberto por principio no descartaba nada, pero siempre trataba de comprobarlo y experimentarlo en primera persona. Iba guardando los pergaminos en los que escribía: partiendo de la descripción de Aristóteles acerca de la composición del mundo, intentaba comprobar la veracidad de sus argumentos con los medios que tenía a su alcance. Al contrario de los secretos y falsas recetas que uno podía encontrar en los manuscritos de alquimistas, Alberto apuntaba cuánta cantidad utilizaba, cuánto tiempo tardaba en producirse algún cambio, el color de todo aquello que aparecía o desaparecía. Cuando tuvo el privilegio de descuartizar la vaca para alimentar a los pobres durante la hambruna, se fijó que en cuatro partes distintas había hierba, lo que le llevó a fijarse en la manera de comer de la ternera que aún quedaba en el convento. Si le tocaba ayudar en la cocina se interesaba por la manera de hacer queso a partir de la leche y también en cómo se elaboraba el pan. Los hermanos dominicos estaban acostumbrados a encontrarse a Alberto en los lugares más insospechados, mirando y apuntando los asuntos más insospechados. Como aquella vez que apareció en la capilla con las cejas chamuscadas y eufórico. Al parecer había destilado vino, y lo que había obtenido se le derramó en el fuego y salió una llamarada sin que le diera tiempo a apartarse. Ninguno entendía que podía tener de interesante, pero Alberto estuvo un tiempo decidiendo donde era más seguro almacenar el vino por si había un incendio en París.

Una vez un novicio le preguntó por qué lo escribía todo. Alberto le miró sorprendido:

- Otros aprenderán de mis errores, y así como el conocimiento de nuestros antepasados ha quedado escrito en los códices, todo lo que haya experimentado sea accesible al que le interese. Supongo que esa es la mejor manera de crecer en sabiduría.

El novicio no pareció muy convencido. Alberto sabía por experiencia que no había muchas personas como él, pero algo dentro de él le animaba en su empeño de preservar sus experimentos, porque si bien no confiaba en encontrar a alguien que continuara su legado, sí esperaba que hubiera épocas mejores.





Esta entrada participa en XXI Edición del Carnaval de la Química en este blog (Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión), también en la III Edición del carnaval de Humanidades que se encuentra en El cuaderno de Calpurnia Tate

4 comentarios:

  1. Excelente descripción biográfica sobre la incansable perspectiva del científico: tan lógica y realista.

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  2. Se nota que entiendes lo que nos estás relatando en estos post.
    Tarda lo que tengas que tardar, pero sigue con la serie. Quizás muchos cristianos acaban acercándose a la Ciencia (entendiéndola) gracias a la vida de San Alberto Magno contada por una creyente científica.
    Un saludo.

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    1. ¡Muchas gracias! Lo que dices sería genial ;)
      Lo cierto es que quiero inventarme lo "menos" posible, y cuesta documentarse sobre la época por medio de Internet: no quiero cometer demasiados anacronismos ni inventarme nada fuera de lugar. Luego, es inevitable trasladar a "mi personaje" la ilusión y esa 'experiencia estética' que es por lo me dedico a la investigación: porque me encanta y disfruto muchísimo!!! :D

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¿Cómo terminar una historia?