miércoles, 21 de agosto de 2013

Mi autobiografía firmada por Canetti

No es necesario conocer a todos los grandes autores, siempre que se conserve viva la expectación ante ellos.
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No me arrepiento de esas orgías de libros. Me siento como en la época de la expansión para Masa y poder. También entonces todo sucedió por aventuras con los libros. En Viena, cuando no tenía dinero, gastaba todo lo que no tenía en libros. En Londres, en los peores momentos, conseguía contra viento y marea, comprar de vez en cuando libros. Nunca he aprendido nada sistemáticamente, como otra gente, sino por excitaciones súbitas. Siempre empezaban con que mi mirada caía sobre algo que tenía que poseer fuera como fuera. El gesto de coger, la alegría de tirar el dinero por la ventana, el transportarlo a casa o al local más próximo, el contemplar, acariciar, hojear, el guardarlo durante años, el momento de un nuevo descubrimiento cuando las cosas se ponían serias-todo eso es parte de un proceso creativo cuyos detalles secretos desconozco. Pero en mi caso nada sucede de otro modo, y por lo tanto tendré que comprar libros hasta el último instante de mi vida, sobre todo cuando sé con seguridad que nunca los leeré.


Creo que es también parte de la rebeldía contra la muerte. Nunca quiero saber qué libros entre esos se quedarán sin leer. Hasta el final no está determinado cuáles van a ser. Tengo libertad de elección, puedo elegir en cualquier momento entre todos los libros a mi alrededor, y por ello tengo en mi mano el curso de la vida.
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En la adversidad se leía mejor, era lo único que se tenía.
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En tiempo entre las horas, el tiempo recuperado.
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Que nadie hasta ahora haya firmado con el diablo un pacto para la lectura: “¡Todavía he de leer tanto!”
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Un Amazonas de escrúpulos.
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Marginales papagayos poéticos.
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Sigo sin saber por qué se ama a un hermano más que a cualquier otro hombre.
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El gordo de futuro.
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Se agota con el peso plúmbeo del futuro.
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Pido una sentencia severa: he facilitado las actas.
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Es inevitable que uno se repita. Pero es perturbador descubrir que cosas que se dijeron una vez bien, más tarde se repiten de manera mucho peor.
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¿Podríamos tener aún esperanzas para el pasado?
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Escribir únicamente sobre la antigua vida cuando la nueva pueda hacerle frente.
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¡Penoso, penoso, cuántas cosas recuerda uno! Menos sería más. ¿No sería incluso lo máximo?
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Él siente los mordiscos de la jauría. Qué bien que los sienta. Por fin corre de nuevo, en vez de pastar.
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No pretendo encontrar al que fui, eso sería una empresa estéril, pretendo dirigir miradas de entonces sobre mí ahora.
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Un hombre recuerda las cosas como ellas hubieran querido ser: más terribles, mejores, más poderosas.
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Uno podría pasarse toda la vida reflexionando sobre sí mismo, y no darse cuenta de que no lo merece.
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Él desea marcharse antes de que todo salga volando en pedazos. Debería desear permanecer de tal manera que nada vuele en pedazos.
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De pronto cayó al suelo y volvió a revivir.
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El lápiz, su muleta.
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Ningún tema me ha abandonado. Todo sigue ahí, como antaño. Lo que te hostiga y lo que te complace- lo que te pasa por la cabeza sigue siendo lo mismo. No se puede hablar de una unidad de la persona pero sí de una unidad de las personas. Pero ¿de verdad, no ha venido a añadirse alguna nueva? ¿Y desde cuándo no?
Y algo es diferente, sin embargo: el orden en que se presentan las personas que te constituyen.
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Siempre bizqueaba, hacia la esquina de Dios.

Apuntes 1973-1984 de Elias Canetti

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¿Cómo terminar una historia?