jueves, 6 de marzo de 2014

Cruzar la línea roja

Con unas cuantas visitas, vas percibiendo más y más detalles. A mí lo que siempre me ha impresionado es ver como los enfermos que están mejor, y se pueden mover y esas cosas, dan de comer y ayudan a los que no pueden. Y es que por muy bien que estén, tienen… minusvalías que saltan a la vista: cojean de una manera muy marcada, o se ve que tienen algún retraso mental…, pero ahí están: como si fueran voluntarios, solo que ellos lo hacen mejor que cualquier voluntario. No sé cómo lo hacen, quizá tengan un feeling que yo no tengo por estar sano, pero los ves que dominan y que conocen de verdad, y que lo hacen de sobresaliente. En la planta a la que voy, hay gente que te llama la atención nada más llegar por su horrible aspecto o por su manera de hablar y de comportarse, quizá porque son cariñosos y extrovertidos, o simplemente porque te ha tocado darles de comer alguna vez y ya se vuelven especiales. Y hay otras personas que pasan desapercibidas, que casi casi no te das cuenta de que están también. Son encargados de poner la mesa, o de ponerles la bata a los enfermos para que no se manchen la ropa. No hablan, salvo para hacerte una indicación: “esa bata, no, le va pequeña, ¿lo ves?”, “esa bata es solo para los que están en silla de ruedas”, “eso no se hace así”, y luego se retiran a la sombra: se van a la mesa de los que están relativamente bien, y si no te fijas, no te das cuenta ni de que están. Los voluntarios normalmente se acercan a los que ya conocen: siempre hay una estrella en cada planta, de alguien que es más cariñoso. Siempre hay gente que requiere tu atención para que les ayudes, les abraces, o estés con ellos.

Pero un día, cuando ya llevas yendo un año o así, y te sabes los nombres de todos y saludas a todos, también a los “escondidos”…, ellos también te saludan: ¡saben tu nombre! Nunca olvidaré el día en que Óscar me saludó por mi nombre. Porque fue ese día en el que me di cuenta de que el Cottolengo ya era algo así como mi segunda casa. Ahora no quedaba nadie que me mirara o tratara como un extraño en MI planta. Yo conocía por fin a los que pasan desapercibidos, pero que también te están esperando, quizá más conscientemente que muchos de los que te abrazan efusivamente la primera vez que llegas. En la vida pasa lo mismo: hay gente que es una estrella, como mi novia, por ejemplo, o la gente que saca notazas, o que es jugador de fútbol famoso, o un médico que encuentra una cura para una enfermedad mortal. Y luego estamos los que no somos tan listos ni tan buenos, los que ayudamos en lo que podemos, los que pasamos desapercibidos si nadie se fija en nosotros. Este es mi homenaje para Óscar y los demás de su mesa, porque con ellos  descubrí que el mundo en un asilo es igual que en el mundo real, solo que mejor, y que yo también tenía mi hueco en su casa.
Vía

(Esta es la segunda parte de Cuitas de un desdichado voluntario. Si te gusta, te recomiendo que veas la serie Derek que me recomendó @darksapiens)

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