viernes, 15 de septiembre de 2017

Ama, aita y el Alzheimer

Me ha llegado el primer texto para la convocatoria #LosRelojesND, ¡agarrénse que vienen emociones muy fuertes! La autora es Laura Juampérez Mandacen. Muchas gracias, Laura, por compartir tu experiencia y por ayudarnos con esta inciativa. Un fuerte abrazo.

Vía Next Door
Nosotros, que creíamos saberlo todo de esta puñetera enfermedad que nos robó a nuestro padre hace ya unos años, no quisimos ver que ella también la tenía hasta que llegó la crisis.

Aquellos olvidos que iban a más. Las excusas para no conducir por la ciudad porque “habían cambiado las señales e incluso las direcciones de las calles”. Ese “no me sale la palabra…”. ¿Cómo era? Eso, esto, aquello, esa cosa… Y nosotros: “Ama, venga, no seas tan vaga con las palabras, que todo es eso, esto y aquello. Esfuérzate un poco más en llamar a cada cosa por su nombre”. Su nombre… Cómo si ella no quisiera hacerlo…

El diagnóstico que habíamos querido evitar, aunque en nuestro fuero interno conocíamos, llegó de improviso en Navidad. Y desde luego no fue un regalo. Lo hizo después de una crisis que quisimos confundir con una anemia, una severa deshidratación o cualquier carencia de una u otra sustancia vital que nos devolviera a nuestra madre, aunque ella ya se estaba marchando.

Entonces, en el hospital, entre prueba y prueba, nos atrevimos a lanzar la pregunta. ¿Y si es algo más? ¿Y si todos esos olvidos no son los típicos de una mujer de 76 años?

También comenzó la búsqueda en la jungla de internet. Allí, donde conviven artículos de medio pelo con las páginas de asociaciones tan “chapeau” como CEAFA, ALZFAE o la Fundación CITA, confirmamos que nada había avanzado en su tratamiento en los últimos 20 años.

En los 90 mi padre recibía los últimos fármacos, los más novedosos, directamente desde Boston. Se los traían sus hermanos, que vivían en México, cada verano. Al final, no sirvieron para nada, salvo para darnos paz porque “algo le harían”.

Esta vez la neuróloga tampoco nos trató con paños calientes. Los fármacos disponibles intentaban frenar el deterioro, pero el alzheimer seguía siendo la putada de enfermedad que habíamos conocido bien 20 años atrás, y que seguía sin tener cura.

Han pasado dos años y la cuesta abajo no para. Nuestra ama va cerrando su círculo de confianza. Siempre le gustó salir. Tomarse su aperitivo los domingos después de misa. Apuntarse a todos los viajes de la asociación de jubilados del pueblo, aunque fuera sin sus amigas. Pero ya no quiere. Ni nosotros. Solo queremos que ella esté contenta. Que se ría con sus nietos. Que confunda sus nombres. Que se dirija a ellos en femenino aunque los dos sean chicos. “La amatxi es viejita, verdad ama?” Por eso tenemos que ayudarle”, dicen ellos. Dos pequeñajos que no la han conocido como ella era, de valiente, alegre y generosa, pero que ahora son su ancla para no despegar de este mundo que cada día olvida un poquito más. Aquí seguiremos, ama. Hasta que ya no nos recuerdes. Para recordarte nosotros, junto con aita.

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