viernes, 5 de abril de 2019

Avecedario

En realidad el poemario de 2013 de Miguel D'Ors se se llama Átomos y galaxias. Que, como científica, no me puede gustar más. En el libro, los poemas están ordenados alfabéticamente según sus títulos, cosa bastante curiosa también. Son poemas poblados de pájaros, así que titular uno de ellos como Avecedario me parece brillante. Aquí, tal como prometía hace dos días, dejo algunos poemas avecedarios (enteros o fragmentos) que más me han gustado. 

Abubilla
Vía

¿A dónde irás, con esa cresta punki
y vuelo desgarbado,
a través del violeta pensativo
de esta tarde que muere, ¿en qué horizonte
se esconderá la cálida querencia
a la que ahora regresas en busca de reposo?
(...)

Arrendajo

Centinela del bosque, el arrendajo
advierte a toda la Naturaleza
tu llegada.
               Ese grito,
Vía
que desgarra como una cuchillada
herrumbrosa el silencio, significa
que un intruso está entrando en este espacio
puro.
       Tú que no eres
puro, tú que no eres hermano de los robles,
de las piedras musgosas,
de las aves que pían en ramas ignoradas,
del agua que, secreta, halaga las raíces,
no mereces vivir en este mundo;
tú no tienes derecho a entrar a la armonía
mientras no haya armonía dentro de ti. Detente;
vuelve a tu vida; deja en ella todo
lo que crees saber; busca de nuevo
la infancia, aquella luz
del corazón.
                  Con ella, acaso un día
puedas volver al bosque
sin que se sobresalte el arrendajo.

Perdón

Perdón pido a la vida por aquel
disparo con el que una mañana de verano,
allá en mil novecientos quizá cuarenta y nueve,
le arrebaté de golpe una oropéndola.

Cayó precipitadamente entre las hojas
Vía
ásperar y las gruesas ramas grises,
con algo de elefante, de la higuera
del Portal, donde, orondas de dulzura,
relucían al sol, tentadoras, las brevas.

Y quedó en la mañana
un extraño silencio que olía a pólvora.

Al cabo de los años, todavía
a veces veo en mi mano
aquella alhaja voladora, el velo
con que la muerte iba empañando sus ojos,
aquel rubí brotándole del pecho.

Perdón pido a la vida ahora que el tiempo
va expulsándome de ella,
ahora que sé el valor de cada vuelo,
de cada canto y de cada nuevo día.

Ojalá que estos versos tuvieran el poder
de alzar en esta página unas ramas de higuera
con sol y grandes brevas, y en ellas devolverle
al mundo una oropéndola.


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