viernes, 20 de julio de 2018

El grito mudo

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Yo no te he llamado, ente viscoso y resbaladizo, ¿por qué te has instalado de nuevo en mi pecho? Pesas, pesas mucho. No me dejas respirar con normalidad. Y cuando intento atraparte, te deslizas entre mis dedos y te escapas sin dejar de pesarme como una piedra en los pulmones. No te capturo porque aunque te note en la garganta o cerca del corazón, en realidad, sé que estás metiendo bulla en mi cabeza. Mis pensamientos negativos, puede que mi agotamiento, te han dejado paso y ahora no sé cómo echarte. Solo cuando logro distraerme desapareces momentáneamente. Sales espantada de mi vida mientras la vivo con intensidad. Pero luego..., pesas tanto..., que deformas mi cara en una mueca triste que cuesta disimular. Quiero arrancarte de mi pecho, tomar antibióticos de profilaxis para evitar que vuelvas en un futuro. No es fácil vivir contigo, te aprovechas de mí y me chupas la sangre como un parásito cualquiera. ¡Ay de ti como te pille!, ¡vas a desear no haberte metido nunca conmigo! 

jueves, 19 de julio de 2018

Dar una charla con depresión

Echando un vistazo atrás..., no hay charla que no haya dado hasta arriba de medicación. Desde el día de 2012 en el que se me ocurrió apuntarme a Tesis en 3 minutos para presentar mi trabajo fin de máster a la próxima charla que daré si todo va bien en Naukas Bilbao 2018, me ha acompañado la paroxetina, y en la mayoría la mirtazapina y el clonazepam. Eso sí, me estreno con lamotrigina. Pastillas rules

Sin haber pasado por mi episodio depresivo grave de 2011 no se me hubiera ocurrido nunca  (remarcado y con negrita) presentarme voluntaria para hablar en público. Podía soñar (¡y lo hacía!) con atreverme un día pero no me lanzaba a intentarlo o a poner los medios para conseguirlo. 

De hecho, las dos primeras veces que di charla lo pasé fatal y no sé cómo me comí el coco a mí misma para participar en Naukas 2013... Sé que me preparé a conciencia y que sufrí bastante, pero una vez en el escenario me dio un subidón de los buenos buenos, me sentí de repente arropada por el cariño de los naukers y del público. ¡Eso sí que fue una absoluta pasada! Pero lo mejor es que no fue un hito aislado sino que desde entonces con sus más y sus menos he disfrutado TODAS y cada una de las charlas que he ido dando, de ciencia y no tanto y con públicos de lo más variado. Quiero destacar los dos Ignite en los que he participado, porque ensayar con gente que domina la oratoria y con compañeros oradores es de lo más apasionante y agradecido cuando por fin te subes al escenario y lo das todo. Además de que me han permitido dar mi charla más personal de todas

La charla que más he sufrido fue en el Naukas Passion for Knowledge, en el Teatro Victoria Eugenia de Donostia. Ese verano habíamos dado por finiquitado mi episodio de 2011 y habíamos ido retirando poco a poco la medicación. Pero llegó la vuelta al cole y la presión por irme de estancia a Marburg... y empecé a caer en picado, con el resultado de que fue preciso ponerme nuevamente pastillitas. Solo que los antidepresivos requieren un tiempo de semanas o meses para que se note su efecto, así que no estaba para nada protegida cuando me tocó hablar. Fue durillo, el público no se reía de mis ocurrencias ni de las payasadas de mi hermana, al principio no era capaz de controlar el mando de las diapositivas..., y un largo etcétera. Eso sí, había sido una gran idea plantearse una charla a dúo con alguien tan de confianza como Carmen, que me apoyó en los ensayos y en la realización final, en la que yo sentí que ella se hacía cargo de las miradas de ese público tan serio, mientras yo pasaba desapercibida a su lado. 

Creo que podemos resumir todas estas ideas de manera que me ayuden en las siguientes charlas en Bilbao, BCNspiracy y Escèptics al pub: ¿cómo dar una charla con depresión?

1. Echarle huevos.
2. Prepararse mucho. No está de más asistir a cursos de hablar en público o al menos pedir ayuda a un profesional.
3. Ensayar y si es posible con público.
4 (y quizá más importante). Rodearse de gente querida que te apoye desde y fuera del escenario.


miércoles, 18 de julio de 2018

Si termino la tesis...

- Estás muy segura de que no la vas a acabar...

Sí, a día de hoy estoy muy segura. Es mi Himalaya particular: no es que sea imposible de escalar pero cuando vas sin entrenar no es aconsejable. 

- Lo vas a conseguir, ¡tú puedes con todo!
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No me comprometo a tanto. Mi respuesta suele ser "No lo sé. A ver..." Aunque mi psicóloga me dice que sería más correcto decir "Lo estoy intentando".

Pero tengo que ir pasito a pasito suave suavecito (xDDD lo siento, mi mente funciona así y tenía que decirlo xD). No puedo mirar la cumbre porque me ahogo, solo puedo pensar en el día a día. ¿Y en qué pienso? Pues en que realizo un trabajo que me permite cobrar a fin de mes, un trabajo que consiste en recopilar y ordenar datos, así que es un trabajo útil que puede servir a la gente acabe o no yo la tesis. Eso me sirve, más o menos y no siempre, para continuar poniendo un pie delante de otro, aunque no sepa muy bien en qué dirección voy... Tendré que fiarme de los guías :)

El futuro me cortocicuita, haya o no haya tesis. ¿Qué haré después? ¿Estaré preparada para ello? No me dejan pensar en estas preguntas. No es el momento me dicen. Y probablemente tengan razón.

Lo bueno es que de momento no hay prisas. Tengo mucho tiempo por delante. Puedo ir a este ritmo exigente pero sin correr hasta agotarme. Ya no sé si estoy intentando llegar a la cumbre o simplemente llegar a algún lado o por lo menos no quedarme en donde estoy. Cada día entiendo más a mi hermana, a la que preguntas "¿Cómo estás?" y responde "Viva". Seguimos vivos y eso implica seguir moviéndose, hacia adelante, hacia atrás, hacia donde sea, cuesta arriba, cuesta abajo.




martes, 17 de julio de 2018

El subidón

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Llega después de una época mala... Igual que esta, llega sin avisar. De repente me siento llena de vida. Las dificultades insalvables se convierten en anécdotas. Paso a estar en la cresta de la ola. Cuanto más bajo he caído más alto subo. Tengo ganas de comerme el mundo y sé que, al menos por hoy, no pillaré una indigestión. Duermo bien, como bien, me relaciono más o menos bien. Y tengo unas ganas inmensas de vivir, de disfrutar sacando el máximo jugo posible. Es temporada alta de planes que se habían quedado estancados pero también de planes nuevos que pueblan mi cabeza y me aceleran tanto que, a veces, me cuesta serenarme y relajarme. Ha llegado, para quedarse un tiempo, la radiactividad: desprendo energía a mi alrededor. Prendo fuego a todo lo que toco. 

Es la hora de aprovechar el subidón para escribir, para organizar BCNspiracy, para quedar con amigos a los que tenía más abandonados, ¡para apuntarse a viajes incluso! Y para soñar que las nubes no volverán. 

Sé que no es un estado "normal", igual que percibo que estar de bajón tampoco lo es. Pero he estado tan mal que se agradece este huracán de ideas y fuerzas, esta pausa de hiperactividad absoluta. Hago acopio de ánimos para cuando falten. A veces me acelero tanto que mi familia no me aguanta más y mi psiquiatra se asusta: si me paso de vueltas podría ser un episodio de manía y entonces mi diagnóstico cambiaría a trastorno bipolar. De momento no me ha pasado.

Quizá es que como Ícaro me acerco demasiado al Sol en esta etapa, hasta que se me queman las alas y caigo al abismo, un abismo que parece más profundo cuanto más he subido en esta montaña rusa que es mi vida. 


lunes, 16 de julio de 2018

Tú socializas, yo DEPENDE

Vayan por delante mis disculpas a los que, alguna o varias veces, no he respondido ya sea por e-mail o por teléfono o en la vida 1.0 misma. 
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Y es que hay momentos (puede que temporadas) en que las fuerzas se me van en sobrevivir y no me quedan para socializar. ¿Aunque sea un simple whatsapp? Aunque sea un simple whatsapp. Tened en cuenta que cuando estás hecho una mierda, la pregunta qué tal puede ser agobiante. A nadie, creo que ni al más victimista, le agrada tener que repetir en mil ocasiones que se encuentra mal. O bien mentir diciendo que se encuentra bien. Todo tiene un límite. Y no, no exagero al hablar de mil veces: ya solo una puede significar un esfuerzo insoportable. Además, en este mundo globalizado probablemente será más de una porque ¡adivina qué!, desconectarse es muy difícil. Y hay gente que se mosquea si te ve conectada en redes sociales y no le respondes. Pues, puede que nunca te conteste si nunca encuentro esas ganas y fuerzas que me hacen falta. O puede que tarde unos días. Bueno, ya te he pedido perdón, no insistas porque es peor... Puedes hacerme llorar o encerrarme en mí misma mucho más. No creo que sea tu intención pero (me) pasa.

En estas épocas suelo rehuir fiestas y reuniones. Me siento más a gusto en grupos reducidos, con personas conocidas que no me van a suponer ningún reto extra o al menos este esfuerzo no será insoportablemente insoportable. Siento si te doy plantón a última hora. Puede que haya intentado engañarme hasta el final y luego quedarme hecha polvo por no haber conseguido ir. Puede que vaya y acabe desesperada, hasta llorando, porque también me siento mal cuando veo lo fácil que sale socializar a los demás y a mí me cuesta la vida. 

Sí, me viene bien salir de mí misma, salir a la calle, encontrarme con gente... Pero no siempre soy capaz. Respeta mis tiempos. Créeme que lo estoy intentando. Puede que cuando menos te lo esperes contacte contigo para pedirte un paseo, un helado o un café. Bueno, café no tomo, será más bien una Coca-Cola o una birra si las pastillas están más o menos bajo control y me lo permiten.

Para ser yo misma y hacerte reír, necesito mi espacio, sentirme cómoda y sobre todo segura. No siempre puedes asegurarme estas condiciones. Puede que me veas cacharreando con el móvil. Es mi pantalla para protegerme del mundo.

Gracias. Por estar ahí, por apoyarme, por tratar de entenderme. De corazón.




viernes, 13 de julio de 2018

Las vías del tren

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- ¿Por qué estoy obsesionada con las vías del tren si hay otras maneras... Da igual
- No, no, di, di.
- Da igual.
- Podemos hablar de este tema, ¿eh?
Y qué bien sienta hablar sin tabúes del suicidio... Cuando quise suicidarme en 2011 pensé que me había condenado, al menos algo similar había estudiado en clase de religión. Fue gracias a una enfermera durante mi ingreso hospitalario que me enteré que era un síntoma "normal" dentro de un episodio depresivo. Tengo el recuerdo (ya lo conté en esta charla) de un día esperando a cruzar por un paso de peatones, que se me vino a la mente la idea de cruzar en rojo y debí dar algún paso no del todo consciente. Mi cague fue supremo... Ahora me ocurre con las vías del tren. Quien dice tren, dice metro. 

Me alegro de que el otro día mi psicóloga me animara a hablar del tema. La pregunta o tema que me daba vergüenza exponer es que hay otras maneras más indoloras de suicidarse (como empastillarse, por ejemplo), así que ¿por qué estoy obsesionada con las vías del tren? Pues precisamente por eso: porque es una obsesión. No hay peligro de suicidio porque no tengo un plan para hacerlo, en el que probablemente elegiría otra forma. Me dijo que podría ser que simplemente me diera vértigo mirar hacia la vía o estar a cierta altura, y eso, junto al recuerdo del paso de peatones (aún lo visualizo en este momento) me produce ese impulso, esa sensación de que si me descuido, podría saltar. Que, por prudencia y para evitar mi torpeza, me mantenga alejada del borde del andén pero que no es preocupante.

Ah, porque aún no os he contado que si noto un empeoramiento en mis síntomas que afecte directamente a mi vida (como dejar de dormir, dejar de comer o tener ganas de matarme, o empezar a gastar locamente, acostarme con todo el que pille y otras conductas de riesgo) debería ir a urgencias al hospital más próximo. Cosas que tiene mi vida.

Lo dicho. Hablar del suicidio sin tabúes a mí me ayuda. (Aunque puede tener como efectos colaterales pesadillas de accidentes ferroviarios en los que mucha gente se cae a las vías con resultados catastróficos. No hay sistema totalmente ideal, me temo).

jueves, 12 de julio de 2018

Un dia(rio) de M

Me aconsejan escribir como terapia. Y la verdad, es que muchas ganas no tengo... 

- ¿De qué escribo?
- De tu situación. Leerte nos ayudará.

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Bullshit. No me lo trago. Si escribo de mi situación lo único que saldrá es un diario de mierda. Puedo escribir de que basta una serie de pequeñas frustraciones para tumbarme y ponerme blandita y llorar por nada. Porque ya no puedo más. Porque no me creo que pueda ser feliz en un futuro. Y lo sé, sé que no tengo razón, sé que estos pensamientos destructivos son la causa (o al menos parte de la causa) de mi hundimiento..., pero no puedo dejar de sentirlos como reales, más reales que la vida misma. Y a ver quién es el guapo que aguanta una realidad así sin ponerse a llorar. Desde luego, tiene mi máxima admiración y yo de mayor quiero ser como él o ella. 

Ahí está otro de mis problemas: no me gusta ser yo. Soy una pesada, quejica y llorica, y me aburro de mí misma. Me gustaría dejarme aparcada, apretar el botón de off un ratito para no escucharme continuamente diciendo o haciendo chorradas. 

Yo quería cambiar el mundo, ¿vale? Y no soy capaz de cambiarme a mí misma. Y esto me desespera. Porque yo quiero hacer grandes cosas y entre esos grandes planes no entra luchar contra una depresión todos los días de mi vida. Claro que uno no elige estas circunstancias y tiende siempre a idealizar la vida y proezas de los demás y no las propias. Aun así, me quejo de que no me mola la vida que me ha tocado. Y punto.

Puedo escribir también de cómo cuando estoy vencida, una noche sin dormir es un infierno de desesperación: las pastillas se convierten solo en caramelos mientras mi cerebro se vuelve loco calculando lo poco que he dormido, lo poco que voy a dormir, y que algo anda mal en mí para estar despierta a esas horas (esto último lo explica fenomenalmente bien James Rhodes en su libro Instrumental). Al día siguiente soy un guiñapo incapaz de hacer nada, no duermo, no trabajo, soy un espectro que deambula en pijama (si estoy en casa), en chándal (si se me ocurre salir a la calle).

Y luego llegan los efectos secundarios de tanta ansiedad contenida. Me viene una diarrea monstruosa y me creo que he pillado algún virus. No, cariño, no, aparte de tu hipocondría, solo es tu cuerpo rebelándose contra ti (y el mundo).

Si me esfuerzo por hacer vida normal, y no lo consigo, lloro. Si alguien, sin querer, me echa en cara no conseguirlo, lloro más y me enfado con el mundo. Si hablo, lloro. Si callo, lloro. Si pienso, lloro. Si hago algo mecánico que me deja espacio para pensar, lloro. Y lloro locamente, con lagrimones que no se pueden contener y me caen por los brazos. Todo mientras intento disimular y que los ojos no se me hinchen demasiado.

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Pero por mucho que me guste recrearme en mi miseria, lo cierto es que, después de tanta tormenta, empieza a salir un poco el sol. Y entre llantos o pensamientos negativos, soy capaz de sonreír y hasta de reírme. Por cosas absurdas. Como leer un cartel que pone "Traslado a Provença" como "Traslado por pereza". No sé, las cosas que me pasan. Y miro a mi alrededor y ahora sí soy capaz de ver que no estoy sola, que más allá de mis narices, tengo amigos con infinita paciencia que me escuchan, me dejan llorar, me abrazan, se acuerdan de mí, me escriben, me aguantan.

Y solo me queda confiar en que mi psicóloga tenga razón: que estos episodios se reduzcan en número, duración e intensidad. Ojalá que sí. Hoy que hace sol dentro de mí, ojalá que dure. Aunque luego el batacazo sea más gordo porque la esperanza es muy traicionera y me hace desear cosas que nunca serán. Pero dejadme disfrutar del sol un poquitín más...