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02 noviembre 2023

12 cumplevidas y una duda lacerante :(:

Dedicado in memoriam a Ion

Aún no tengo claro si quiero o no publicar esto que he escrito. No he resuelto mi dilema, así que en parte lo publico para que tú, querido lector y/o lectora, me ayudes a desentrañarme.

El año pasado, apenas un mes después de mi undécimo cumplevida, me llegó la noticia de una muerte por suicidio de una persona. Había perdido el contacto hacía muchos años y nunca habíamos sido realmente cercanos. Pero sí lo suficiente como para tener su contacto y puede que esta persona también conservara el mío. Por eso, recordé todo el bombo que le había dado el 2 de noviembre anterior a celebrar mi cumplevida y me pregunté si esta persona lo vio y cómo le pudo afectar. Esa es la duda lacerante que me acompaña desde diciembre del año pasado: compartir mi alegría y mi agradecimiento, ¿ayuda o hace daño a la gente pasando por una situación complicada? Siempre pensé que salir del armario de la salud mental era positivo para las que me escucharan, al menos siempre he hablado de lo que a mí me hubiera gustado saber aquel 2 de noviembre y en otros momentos de "abismo". Ya no lo tengo tan claro...

Perdonadme, vosotros, hermanos en la sombra, a los que es posible que haya hecho daño. Y, por favor, necesito vuestra opinión.🙏

En esta fecha me gusta siempre decir que si hoy estoy aquí es porque tres de cada cuatro personas me convirtieron en superhéroe. Esa es la fuente de mi agradecimiento. Pero, a la vez, también quiero que sea fuente de reivindicación "profética". Hace poco leí Pageboy del actor Elliot Page y apunté la siguiente cita:

No debería tener que humillarme con esa gratitud. ¿Estoy agradecido? ¡Pues claro! Pero todo el mundo debería tener acceso a una atención médica vital (...)

Pues eso: atención médica vital YA para todos.

Identidad visual de SALUD MENTAL ESPAÑA para el Día Mundial de la Salud Mental 2023 (vía)


 


02 noviembre 2022

11 cumplevidas

 Quizá el año pasado era mejor momento de ponerse moñas que este, que al fin y al cabo no es un número tan redondo. Pero si algo voy aprendiendo es que la vida y una misma tienen otros tiempos a los marcados por números y redondeces. Total, que me apetecía celebrar por aquí que hace 11 años que no morí. 

En Twitter he convertido en una tradición celebrar la vida cada 2 de noviembre recordando el poema de John Donne. Este año lo incluyo también por aquí para explayarme mejor porque estos 11 años han sido alucinantes*.

Ese alucinantes lleva asterisco, porque sí, ha habido momentos y momentos y más momentos (y más y más y más y prometo que ya paro...). Sin embargo, en general estoy muy feliz del camino recorrido: de la curva de aprendizaje y autoconocimiento, del desarrollo de herramientas, de todas las personas que estáis en mi vida, de los logros y las limitaciones, de tanto y tanto cariño. Puedo decir que, aunque no lo sabía ni podía imaginar entonces, hace 11 años, empecé a vivir. Y estoy inmensamente agradecida.

Pero hoy, además de expresar este agradecimiento, quiero denunciar (otra vez) el estigma que rodea a las enfermedades mentales y al suicidio. Porque recientemente he tenido que aguantar escuchar que, frente al sufrimiento de la vida, el suicidio es la vía fácil. Y por ahí no paso. Ni. De. Coña.

Sé, porque recuerdo como era yo antes de decidir suicidarme, que es muy difícil comprender que lleva a una persona a tomar ese camino. Que, por regla general, nos consideramos incapaces de llevar a cabo esa acción. ¡Y es cierto! Ni siquiera sé si yo hubiera sido capaz de hacerlo aquel aciago 2 de noviembre porque antes de intentarlo ingresé en el hospital. No tiene sentido darle vueltas a si, finalmente, lo hubiera hecho o no, porque lo cierto es que no pasó. Pero, la diferencia es que yo sé que, con la presencia de ciertos ingredientes, sí podría encontrarme de nuevo en una situación en la que fuera capaz de intentarlo y conseguirlo.

En esa conversación argumenté que no era una decisión libre. Había quien no lo entendía porque al final eres tú quien realiza la acción final. Me contestaron que, precisamente, por la ausencia de libertad era la decisión fácil. Yo mantengo que no hay libertad en uno o en su opuesto: es decir, no hay libertad para decidir si sí o si no.

¿Puede un enfermo de cáncer decidir si la quimio le hace efecto o no? ¿Puede un diabético autorregular sus niveles de glucosa en sangre por pura decisión libre? ¿Puede un esquizofrénico dejar de oír las voces en su cabeza en pleno brote psicótico porque lo decida? No. Lo que sí pueden hacer es tomar la medicación. Ya si funciona o no, escapa de sus posibilidades.

Pues yo mantengo que las personas depresivas tampoco eligen oír esa voz interior que les incita a acabar con su vida. Tolstoi lo describe fenomenal: 

Me venía la idea del suicidio de modo tan natural como antes los pensamientos para mejorar la vida. La idea era tan seductora que tuve que usar argucias contra mí mismo para no realizarla con demasiada precipitación.

Ojalá vosotros, queridos lectores, nunca hayáis tenido ese pánico de encontrarte un día en tu cabeza con esa idea de matarte que a duras penas puedes controlar. Porque yo recuerdo el día que quise cruzar el semáforo en rojo, una idea de la que apenas fui consciente hasta estar moviendo mis pies en dirección a la carretera (recordaré siempre el lugar en que ocurrió). Y también recuerdo cómo le di a la directora de mi Colegio Mayor las pastillas antidepresivas porque no sabía si se me iba a "ir la olla" y tomármelas porque sí. Y, por supuesto, recuerdo esa compulsión tan fuerte que casi puede conmigo de saltar por la ventana o hacer cualquier cosa que acabara con mi vida y de ese esfuerzo por distraerme leyendo de la torrefacción de la biomasa, una y otra vez las mismas líneas.

Me gustaría transmitir y remarcar que, antes de pasar mínimamente a mi consciencia, fue algo que se me ocurrió así, de golpe, sin haberlo buscado ni pensado antes (que yo recuerde), y que se me representó con tanta fuerza que me sentí llamada a hacerlo aun antes de ser consciente de que ese pensamiento estaba en mi cabeza sugiriéndome acciones "automáticas".

No. No creo que se pueda elegir apagar esa voz en tu cabeza que te dice que eres la causa no solo de tus propios sufrimientos inenarrables, sino de los que provocas en las personas que te quieren. No se puede elegir no escuchar que sobras en este mundo, que estaría mucho mejor sin ti, que sin ti se acaba el sufrimiento de tus seres queridos. No puedes elegir no estar convencida de que eres un error de Dios (si eres creyente).

Así que tengo clarísimo que a una persona en esas circunstancias no le puedes hablar de libertad y de decisiones fáciles. Es verdad que cada persona es un mundo, y mi experiencia es única e intransferible, pero ¿sabéis qué fue lo más consolador que me dijeron en los 26 días que estuve ingresada? Simplemente que las ideas de muerte y suicidio eran un síntoma grave de la enfermedad que tenía.

Yo no era un bicho raro, una chica con pocas luces, estaba totalmente tarada o era una pecadora irredimible. Yo me encontraba inmersa en una enfermedad terrible. Y punto. No sé si os podéis imaginar qué sensación de alivio me inundó. Y eso fue a lo que me agarré cuando me puse a leer sobre la torrefacción de la biomasa para no saltar por la ventana.

Yo no me “salvé” por ser fuerte, por tomar una decisión “libre” que me alejara de la vía “fácil”. No. Yo estoy hoy aquí, publicando este texto, porque tuve en 2011 (y en los años de después) una red de apoyo familiar y de amigos y porque pude tener acceso a sanidad privada. Punto. No puedo juzgar a las personas que no han tenido mi “suerte” (joder, NO es suerte, debería ser un derecho contar con atención sanitaria universal de calidad). No puedo y no lo haré.

Tampoco quiero que esto parezca como que yo era una santa, víctima de prejuicios de la sociedad o de mi propia historia. Lo cierto es que yo era insoportable en esta época. Mi hermana Carmen, que entonces tenía 13 años, me tenía miedo hasta para darme un recado como “la comida está lista”. Yo pasaba de la ira descontrolada al arrepentimiento más feroz por haber actuado de forma tan irracional causando daño en la gente. Tenía las emociones a flor de piel, de manera que podía contradecirme de minuto a minuto según me dictara la emoción predominante en mí en ese momento. Era una persona super absorbente, que exigía atención, comprensión y cariño casi continuo. También quería que me dieran la razón porque ¡yo la tenía (en mi cabeza)! Era el resto del mundo quien se equivocaba. Y, por supuesto, en mi decisión de suicidarme hubo también rabia y rencor, aunque lo que sobresale más en mi recuerdo es el hecho de no poder más, no ser capaz ya de seguir afrontando pequeñas cosas que me resultaban tareas titánicas lejos del alcance de las fuerzas que yo ya no tenía.

Por eso, vuelvo al origen de lo que pretendía ser este texto: expresar mi agradecimiento a las personas que permanecieron a mi lado. A las que siguen, a las que se tuvieron que alejar para no verse arrastradas en mi montaña rusa, a las que yo aparté por motivos totalmente ilógicos, a las que he conocido después y que me han acompañado posteriormente en otros momentos críticos (ver los enlaces de arriba, del asterisco de los alucinantes 11 años).

Así que ¡basta de hablar de mí! Este undécimo cumplevida quiero poner el acento en vosotros. En los que me acompañáis cada día en este periplo. En los que me habéis convertido en superhéroe. Porque os puedo decir con IZAL que 

si me vuelvo a quedar desnuda y muerta en la calle y si me vuelve a atrapar la vida entre sus fauces, regresaré a aquel lugar, el día en que me salvasteis cuando os hicisteis hogar y estabais en todas partes.

Y es que si creo tener algo claro es saber qué personas forman parte de mi hogar y a quiénes puedo realmente acudir cuando todo se tuerce y, peor aún, cuando soy yo la que me tuerzo. 

Aunque más que la canción de IZAL, hoy prefiero dedicaros esta otra canción: GRACIAS POR TANTO.


Nos seguimos viendo en la vida y espero que en muchos cumplevidas más. Un abrazo inmenso. GRACIAS POR SER PARTE DE MÍ.

P.D.: El otro día leí esto sobre el suicidio que os puede interesar :) Repensando la prevención del suicidio

13 julio 2018

Las vías del tren

Vía
- ¿Por qué estoy obsesionada con las vías del tren si hay otras maneras... Da igual
- No, no, di, di.
- Da igual.
- Podemos hablar de este tema, ¿eh?
Y qué bien sienta hablar sin tabúes del suicidio... Cuando quise suicidarme en 2011 pensé que me había condenado, al menos algo similar había estudiado en clase de religión. Fue gracias a una enfermera durante mi ingreso hospitalario que me enteré que era un síntoma "normal" dentro de un episodio depresivo. Tengo el recuerdo (ya lo conté en esta charla) de un día esperando a cruzar por un paso de peatones, que se me vino a la mente la idea de cruzar en rojo y debí dar algún paso no del todo consciente. Mi cague fue supremo... Ahora me ocurre con las vías del tren. Quien dice tren, dice metro. 

Me alegro de que el otro día mi psicóloga me animara a hablar del tema. La pregunta o tema que me daba vergüenza exponer es que hay otras maneras más indoloras de suicidarse (como empastillarse, por ejemplo), así que ¿por qué estoy obsesionada con las vías del tren? Pues precisamente por eso: porque es una obsesión. No hay peligro de suicidio porque no tengo un plan para hacerlo, en el que probablemente elegiría otra forma. Me dijo que podría ser que simplemente me diera vértigo mirar hacia la vía o estar a cierta altura, y eso, junto al recuerdo del paso de peatones (aún lo visualizo en este momento) me produce ese impulso, esa sensación de que si me descuido, podría saltar. Que, por prudencia y para evitar mi torpeza, me mantenga alejada del borde del andén pero que no es preocupante.

Ah, porque aún no os he contado que si noto un empeoramiento en mis síntomas que afecte directamente a mi vida (como dejar de dormir, dejar de comer o tener ganas de matarme, o empezar a gastar locamente, acostarme con todo el que pille y otras conductas de riesgo) debería ir a urgencias al hospital más próximo. Cosas que tiene mi vida.

Lo dicho. Hablar del suicidio sin tabúes a mí me ayuda. (Aunque puede tener como efectos colaterales pesadillas de accidentes ferroviarios en los que mucha gente se cae a las vías con resultados catastróficos. No hay sistema totalmente ideal, me temo).

12 julio 2018

Un dia(rio) de M

Me aconsejan escribir como terapia. Y la verdad, es que muchas ganas no tengo... 

- ¿De qué escribo?
- De tu situación. Leerte nos ayudará.

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Bullshit. No me lo trago. Si escribo de mi situación lo único que saldrá es un diario de mierda. Puedo escribir de que basta una serie de pequeñas frustraciones para tumbarme y ponerme blandita y llorar por nada. Porque ya no puedo más. Porque no me creo que pueda ser feliz en un futuro. Y lo sé, sé que no tengo razón, sé que estos pensamientos destructivos son la causa (o al menos parte de la causa) de mi hundimiento..., pero no puedo dejar de sentirlos como reales, más reales que la vida misma. Y a ver quién es el guapo que aguanta una realidad así sin ponerse a llorar. Desde luego, tiene mi máxima admiración y yo de mayor quiero ser como él o ella. 

Ahí está otro de mis problemas: no me gusta ser yo. Soy una pesada, quejica y llorica, y me aburro de mí misma. Me gustaría dejarme aparcada, apretar el botón de off un ratito para no escucharme continuamente diciendo o haciendo chorradas. 

Yo quería cambiar el mundo, ¿vale? Y no soy capaz de cambiarme a mí misma. Y esto me desespera. Porque yo quiero hacer grandes cosas y entre esos grandes planes no entra luchar contra una depresión todos los días de mi vida. Claro que uno no elige estas circunstancias y tiende siempre a idealizar la vida y proezas de los demás y no las propias. Aun así, me quejo de que no me mola la vida que me ha tocado. Y punto.

Puedo escribir también de cómo cuando estoy vencida, una noche sin dormir es un infierno de desesperación: las pastillas se convierten solo en caramelos mientras mi cerebro se vuelve loco calculando lo poco que he dormido, lo poco que voy a dormir, y que algo anda mal en mí para estar despierta a esas horas (esto último lo explica fenomenalmente bien James Rhodes en su libro Instrumental). Al día siguiente soy un guiñapo incapaz de hacer nada, no duermo, no trabajo, soy un espectro que deambula en pijama (si estoy en casa), en chándal (si se me ocurre salir a la calle).

Y luego llegan los efectos secundarios de tanta ansiedad contenida. Me viene una diarrea monstruosa y me creo que he pillado algún virus. No, cariño, no, aparte de tu hipocondría, solo es tu cuerpo rebelándose contra ti (y el mundo).

Si me esfuerzo por hacer vida normal, y no lo consigo, lloro. Si alguien, sin querer, me echa en cara no conseguirlo, lloro más y me enfado con el mundo. Si hablo, lloro. Si callo, lloro. Si pienso, lloro. Si hago algo mecánico que me deja espacio para pensar, lloro. Y lloro locamente, con lagrimones que no se pueden contener y me caen por los brazos. Todo mientras intento disimular y que los ojos no se me hinchen demasiado.

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Pero por mucho que me guste recrearme en mi miseria, lo cierto es que, después de tanta tormenta, empieza a salir un poco el sol. Y entre llantos o pensamientos negativos, soy capaz de sonreír y hasta de reírme. Por cosas absurdas. Como leer un cartel que pone "Traslado a Provença" como "Traslado por pereza". No sé, las cosas que me pasan. Y miro a mi alrededor y ahora sí soy capaz de ver que no estoy sola, que más allá de mis narices, tengo amigos con infinita paciencia que me escuchan, me dejan llorar, me abrazan, se acuerdan de mí, me escriben, me aguantan.

Y solo me queda confiar en que mi psicóloga tenga razón: que estos episodios se reduzcan en número, duración e intensidad. Ojalá que sí. Hoy que hace sol dentro de mí, ojalá que dure. Aunque luego el batacazo sea más gordo porque la esperanza es muy traicionera y me hace desear cosas que nunca serán. Pero dejadme disfrutar del sol un poquitín más...

14 abril 2017

Viernes Santo

Hay una parte de mi depresión que no suelo compartir mucho públicamente, al menos en este blog o en redes sociales, que tiene que ver con mi catolicismo. Aprovechando la Semana Santa, he decidido publicar alguna cosilla.



Primero, he decidido coger un viejo poema de mi ingreso de noviembre de 2011 y transformarlo en un mucho más breve tanka (que conocí gracias a E.G-M.). Es mi primer tanka, a ver qué tal:

El árbol crecía
con lágrimas de hospital
por el pasillo.
¡Mirad! Árbol de la cruz
donde estuvo Él clavado.

La explicación aparece en este breve audio de apenas 2 minutos. Es el ensayo de lo que conté el 5 de marzo en la Basílica de la Sagrada Familia ante 2000 jóvenes y la cruz de Lampedusa. Fue una pasada compartir estrado con otros tres compañeros que habían perdido a miembros de su familia por asesinatos, habían padecido cáncer de huesos, o habían venido en patera desde Senegal. 

Y por último un par de vídeos. Uno de aquel evento en la Sagrada Familia. Y otro en el que nos entrevistaron a varios jóvenes, y que me gusta mucho por la mezcla de personas que salimos. Ahora ya lo sabéis (casi) todo de mi depresión ;)





06 abril 2017

No es buena intención, es no querer escuchar

Hoy me ha llegado otro texto digno de compartirse dentro de la convocatoria de Next Door. Me parece muy necesario, remarcar el peligro que suponen las pseudociencias a la salud. Y el autor/a es lo suficientemente valiente para señalar la causa principal: nuestra falta de empatía por comodidad. ¡Muchas gracias por compartirlo por aquí y sumarte a hablar de la depresión!

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Me gustaría escribir unas notas sobre el estigma y el mal entendimiento que hay sobre la enfermedad (si bien es verdad que este desconocimiento no incumbe sólo a la Depresión. Pensemos, sólo por poner un ejemplo en las vacunas o, para ir a un asunto un poco más "banal" en las dietas detox).

Bien, quizás es una nota con un punto de resentimiento, no lo niego, pero cada vez hay más modas pseudocientíficas y es increíble el número de personas que se apunta a éstas. En este sentido, creo que en lugar de avanzar, la sociedad ha retrocedido. 

El resentimiento viene porque cualquier persona a quien le enseñas ni que sea una punta del iceberg que estás viviendo (y digo "viviendo" por decirlo de algún modo) tiene la cura para ti. Una cura que pasa desde el "No te lo tomes así, no hay para tanto" hasta el "¿Has probado X? (entiéndase como X, yoga, flores de Bach, mindfulness y un largo etcétera). 

Todo esto se esconde bajo una supuesta "buena intención", pero pasados muchas años con depresión, puedo afirmar que no se trata de esto. No es buena intención, es no querer escuchar, no querer aprender, no querer entender (¡con lo bonito que es entender y aprender!).

Lo que pasa con la Depresión pasa en muchos ámbitos de la realidad, pero lo que pasa con la Depresión duele (como duelen las guerras o las injusticias sociales). No estoy tratando de compararlo, ni de buscar culpables. Creo que es un problema de base, que empieza en nuestra educación como seres humanos y lo que falta es mucha EMPATÍA, así en mayúsculas.

Ojalá sea esta campaña un paso adelante y podamos salir de nuestro anonimato, pero sobre todo de nuestro sufrimiento.

Anónimo

04 abril 2017

Sufrir sola, superarlo en silencio

Hoy comparto un texto que me ha llegado para participar en la convocatoria de Next Door. Me he sentido completamente identificada con la historia de Montse Sancas. Desde aquí le doy un super gracias emocionado por plasmar en palabras la radiografía de una persona con depresión y le mando un abrazo inmenso con el deseo de que encuentre luz al final del túnel lo más pronto posible. Montse: ¡eres muy grande!

Vía
Algo parecido a lo que dijo, supuestamente, Virginia Woolf… y esa sería mi situación actual, porque una depresión es una enfermedad invisible y estigmatizada, de la que no se puede hablar, que debe permanecer en el anonimato y que no se note. Aunque puedas permitirte ayuda profesional, un lujo para muchos, se sufre en soledad y silencio.

La primera vez que dije no tengo ganas de salir y, para disimular, insinué un medio estado griposo, no pasó nada. La tercera vez que me quedé en casa ya fui castigada con un si te aislas, aún estarás más sola. Y cuando, con la excusa de la confianza y la sinceridad de la amistad, me atreví a decir que estaba deprimida y no tenía ganas de nada, también llegaron esas palabras tan habituales entre las personas que desconocen esta situación: no tienes de qué quejarte/yo también tengo problemas/Fulanita tiene cáncer. Y entonces sí, llegó el aislamiento y superarlo sola y en silencio.

Cierto, no tengo (casi) de qué quejarme, tengo trabajo, vivienda y salud, pero siento que no tengo motivos para levantarme ningún día, sólo obligaciones, y tengo que rebuscar en esa cotidianidad diaria algo que me anime a salir de la cama. Porque yo sólo deseo dormir, dormir y dormir. Cuando duermo no soy consciente de la vida y consigo descansar y recuperar algo de fuerzas para continuar con la batalla. En realidad, me gustaría dormir para siempre y no despertar nunca más. Los fines de semana son terribles y, a menudo, paso horas tumbada en el sofá, mirando el techo o intentando desconectar durmiendo. Es tristeza infinita, un lamento mudo que nadie escucha.

No puedo quejarme, ni insinuar mi malestar. Y como sigo, de cara al exterior, con una vida normal, aún es más difícil de comprender y se insinúa sólo desgana, o enfado, o lo que sea… Las amistades, las que aún aguantan, se mantienen a una distancia prudente. Están ahí, sí, pero no puedo molestar demasiado. A veces sólo necesito compañía para un café o un cine, pero nadie se ofrece a estar conmigo un rato y casi nunca cuento con ellas en los momentos más duros (bueno, los momentos más duros los paso en casa, que es cuando puedo relajarme y dejar que la depresión se manifieste en todo su esplendor). No comprenden nada. Otras amistades han resultado ser un engaño, un gran engaño y ni rasto de ellas. Y otras, se han alejado tanto que ya no volverán. Ya no uso la palabra amistad. Ya no confío. Ya no creo en nada ni en nadie.

Y sí, voy a trabajar y sigo con las clases de inglés. No puedo permitirme una baja y en las clases, a pesar de todo, me relajo y hasta consigo reir! Eso sí, empieza a preocuparme mi desinterés por aquellas actividades que me gustaban hasta hace unos meses. Este año no he ido al Saló del Còmic. Tampoco fui a la Calçotada Friki (no he faltado desde la 1ª, en 2010). No fui a Naukas el año pasado… Y así podría enumerar unas cuantas actividades más. Por ahora, la música es lo único que aún me emociona, pero tendré que renunciar, casi, a ella por temas económicos (¡ser pobre y tener gustos de burguesa es duro!) Consigo, con cierto esfuerzo, centrarme en la lectura, o disfrutar de nuevos contenidos en la TV. Pero cansa. Siempre estoy cansada.

La rendición absoluta está a la vuelta de la esquina. Esta lucha por seguir la vida agota y las pequeñas victorias no compensan, la mayoría de veces, el esfuerzo vital que supone seguir adelante. Las alegrías son tan fugaces, que apenas iluminan un segundo el pozo en el que me encuentro. Y, peor aún, para evitar ese desasosiego después del placer, tiendo a evitar esos momentos y sufrir lo menos posible después. Ya tengo suficiente con mi mente, que sólo calla cuando duermo, y mis intentos frustrados de encontrarme en ese inmenso vacío que ahora me rodea. Esa es la sensación que nadie entiende: estar perdida y no saber bien bien la razón.

Y cualquier circunstancia adversa se convierte en una montaña en el camino. Otro obstáculo más a superar, además de vivir sin sentido y sin esperanza. También, en este estado de fragilidad emocional, todo lo malo se magnifica y el enemigo cada vez es mayor. Todo va mal. No hay salida. No hay esperanza.

Debo admitir también que, en mi caso, tengo días buenos, diría que hasta gloriosos y me agarro a un clavo ardiendo si eso significa algo de luz o la oportunidad de reír. Sí, procuro reír siempre que tengo opción, para compensar las lágrimas que derramo en la intimidad. Como siempre le digo a la psicóloga, mi instinto de supervivencia es muy fuerte, está muy desarrollado y, a veces, no parezco enferma. A veces. Y despisto a la gente. “¿Estás deprimida? ¡Anda ya! Si estás organizando la jornada de puertas abiertas del PRBB…” Insisto: un instinto de supervivencia muy fuerte y que aún me empuja para salir de la oscuridad.

No sé si voy a salir de esta. Todo lo tengo en contra ahora mismo y no veo la luz al final del túnel, ni la intuyo, ni creo que exista. Pero toca seguir. De momento, no puedo hacer más.

Montse Sancas

30 julio 2012

Smog (¿y qué es eso?)

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La traducción de este término inglés sería "neblumo", pero considero que es mejor emplear el anglicismo como tal. La palabra viene de smoke (humo) y fog (niebla). Existen dos tipos de smog, el fotoquímico y el sulfuroso. El caso más sonado de smog sulfuroso ocurrió en Londres, y produjo varias muertes. El smog sulfuroso es fácil de evitar, una vez conocida su causa, que eran las pequeñas cantidades de azufre que se encontraban en el carbón utilizado en las calefacciones. Al quemar el carbón para obtener calor, el azufre presente se transformaba en dióxido de azufre (por contacto con el oxígeno del aire), de manera que salía  a la atmósfera en forma de gotitas de ácido sulfúrico, dióxido de azufre y partículas en suspensión.

El smog fotoquímico se forma en ciudades tipo Los Ángeles, que tienen una disposición geográfica determinada, que hace que en temporadas de anticiclón los contaminantes emitidos permanezcan en la atmósfera urbana y reaccionen. Al incidir la luz solar sobre los gases que expulsan los vehículos, que suele contener óxidos de nitrógeno tóxicos (en cualquier combustión se forman, o bien derivados del monóxido de carbono por combustión incompleta, o óxidos nitrogenados ya que en el aire de nuestra atmósfera está presente el nitrógeno en una proporción de aproximadamente el 79%), se generaban especies radicalarias que reaccionaban a su vez con el oxígeno normal en el aire produciendo ozono. 
http://www.engin.umich.edu/~cre/web_mod/la_basin/smog.jpg

Pero, si el ozono es bueno, nos protege de la radiación del sol y hay que cuidar la capa de ozono... Efectivamente, el ozono es "bueno" en altas capas de la atmósfera, en la famosa capa de ozono donde actúa como filtro de la radiación ultravioleta. Pero el ozono en la troposfera o capa baja de la atmósfera es un contaminante que causa serios perjuicios sobre la salud humana. Se observan picos en la actividad de las especies radicalarias fotoquímicas: a primera hora cuando todo el mundo se dirige al trabajo se acumulan los contaminantes de los tubos de escape, a mediodía cuando el sol incide con más fuerza se generan el ozono y las especies nitrogenadas de radicales, y vuelve a descender según la luz solar desaparece.
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Para evitar el smog sulfuroso, ha de tenerse más cuidado para que el carbón no presente trazas ni restos de azufre. El fotoquímico tiene más miga... De hecho, los vehículos llevan instalado en el tubo de escape una doble cámara para evitar que se produzcan derivados de óxidos de nitrógeno o del monóxido de carbono. Consiste en un recipiente de acero inoxidable que contiene en su interior una pieza cerámica dividida en celdillas (para aumentar la relación superficie/volumen) recubiertas por catalizadores, es decir, metales nobles como el rodio o el platino, que lo que hacen es acelerar las reacciones para evitar contaminar (o al menos contaminar menos).

Este post participa en el XVII Carnaval de Química alojado en el blog Un geólogo en apuros
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