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15 noviembre 2025

Alberto Magno en las "historias del átomo"

En septiembre leí un par de libritos que tenía pendientes desde... 2022, cuando me embarqué en la preparación de la charla Los modelos atómicos te volarán la cabeza (¡qué fuerte dar la charla con mascarilla!). No me dio tiempo a leer entonces todo lo que quería y estos dos al fin han caído algo más de tres años después.

En Historia del átomo de Siegfried Wiechowski y La paciente historia del átomo de Claude Marmasse hay sendas alusiones a Alberto Magno, amigo de esta casa y cuya fiesta se celebra hoy, 15 de noviembre. Así que sumo ambas aportaciones a las semblanzas de Adela Muñoz Páez y de Gilbert Keith Chesterton. Además, en este blog encontrarás la mía propia novelada en varias entradas e indefinidamente inacabada...

No sé si en alguna ocasión había mostrado mi San Alberto, en esta foto fantásticamente rodeado xDD


Vamos con Alberto Magno en las "historias del átomo".

Siegfried Wiechowski le dedica estas dos líneas en su Historia del átomo:

El famoso filósofo e investigador de la naturaleza Alberto Magno, conde de Bollstädt (1193-1280), autor de un libro sobre alquimia, siete libros sobre los animales y cinco sobre los minerales y vegetales, mencionó por vez primera el arsénico. Según él los metales constan de arsénico, azufre y agua.
Sin embargo, quiero incluir también la cita a continuación cuando introduce la alquimia árabe, de la que Alberto Magno es heredero, porque me da por pensar que, aunque santo perteneciente a otra religión, hubiera estado muy de acuerdo con ella:

Un contemporáneo de Dschabir [conocido en occidente como Geber] advirtió a éste: “Guárdate y sé limpio si te dedicas al trabajo de la alquimia. Pues que te acercas a los secretos de Dios y si no fueres limpio podrías causar graves desgracias.”

Claude Marmasse en La paciente historia del átomo se explaya un poco más que Wiechowski , con algún dato biográfico, su carácter compilador o enciclopedista y, sobre todo, la controversia de Roger Bacon con sus enseñanzas aristotélicas:

El afamado Alberto Magno quería ser, en principio, sólo un compilador. Nació en Suabia, sur de Alemania, a finales del siglo XII o principios del XIII. Por una temporada vivió en Padua, Italia, y se volvió dominico. Impartió sus enseñanzas en París y finalmente radicó en Colonia, donde murió en 1280. En esencia era un enciclopedista que alcanzó una fama enorme, gigante, y durante su vida y después de su muerte. Antes de todo expuso el sistema de Aristóteles; lo deformó, no dejándolo sin crítica.

Alberto Magno fue en especial atacado por Roger Bacon: ¿cómo un monje mendicante, sin cultura académica, podría saber algo de valor? Hay que reconocer que Bacon, quien sufrió tanto en razón de sus muy extensos conocimientos, tenía sus razones para sentirse amargado. (...)

Bacon se ha liberado de Aristóteles, lo que explica su oposición a las enseñanzas de Alberto Magno. En lo que se refiere a las doctrinas aristotélicas se expresa con mucha claridad: son defectuosas las traducciones y, aun si fueran exactas, uno no podría aprovechar tales conocimientos para enseñar la física.

 

21 marzo 2019

Química en la literatura: Primo Levi


Que la nobleza del Hombre, adquirida tras cien siglos de tentativas y errores, consistía en hacerse dueño de la materia, y que yo me había matriculado en Química porque me quería mantener fiel a esta nobleza. Que dominar la materia es comprenderla, y comprender la materia es preciso para conocer el Universo y conocernos a nosotros mismos, y que, por lo tanto, el Sistema Periódico de Mendeleev, que precisamente por aquellas semanas estábamos aprendiendo a desentrañar, era un poema, más elevado y solemne que todos los poemas que nos hacían tragar en clase; pensándolo bien hasta rima tenía. Que si buscaba el puente, el eslabón que faltaba, entre el mundo de los papeles y el mundo de las cosas, no tenía necesidad de ir muy lejos a buscarlo: estaba allí, en el Autenrieth, en aquellos laboratorios nuestros llenos de humo, y en nuestro futuro oficio.
Así explica Primo Levi en El sistema periódico cómo se decantó por estudiar la Química. En el prólogo a la edición que leí de su Trilogía de Auschwitz por Antonio Muñoz Molina (El testigo sin descanso) habla de lo difícil que es clasificar a Primo Levi... Era judío de nacimiento pero no religioso ni particularmente sionista. Había escrito libros pero él mismo aclara que nunca se hubiera convertido en escritor de no ser por Auschwitz. Y también y ante todo, era químico. Porque para él no era solo una manera de ganarse la vida sino que formaba parte de su identidad:
La Química era para Levi una vocación que implicaba una ética y también una estética: la ética del trabajo bien hecho, en el que se ponen los cinco sentidos, al que se dedican las fuerzas mejores de la inteligencia; la estética de la claridad y la precisión, antídoto contra las retóricas embusteras y las palabrerías infecciosas del fascismo, y contra las vaguedades y las indulgencias de la literatura.
Químico de día, escritor de noche: muchas veces Primo Levi dijo de sí mismo que se veía como un centauro, una criatura que es dos cosas a la vez y no acaba de ser del todo la una ni la otra.
Precisamente la química le salvó la vida en Auschwitz, ya que fue seleccionado para trabajar en un laboratorio y eso le permitió estar a resguardo del crudo invierno. Así lo cuenta en el primer libro de la Trilogía, Si esto es un hombre:

- Me he doctorado en Turín el 1941, summa cum laude- y, mientras lo digo, tengo la exacta sensación de no ser creído, a decir verdad no, lo creo yo mismo, basta mirar mis manos sucias y llagadas, mis pantalones de forzado con costras de fango. Y sin embargo soy yo mismo, el doctor de Turín, es más, particularmente en este momento es imposible dudar de mi identidad con él, puesto que el depósito de recuerdos de química orgánica, incluso después de la larga inercia, responde a mis instancias con inesperada docilidad; y, también, esta ebriedad lúcida, esta exaltación que siento cálida por mis venas, cómo la reconozco, es la fiebre de los exámenes, mi fiebre de mis exámenes, aquella espontánea movilización de todas las facultades lógicas que tanto me envidiaban mis compañeros de facultad.
He disfrutado mucho sus libros, sobre todo Si esto es un hombre y El sistema periódico. Más que recomendados. 

24 febrero 2019

Capítulo 6: El discípulo amado

Bueeeeeeeeeeno, pues ha llegado la hora de continuar esta serie mayormente imaginada alrededor de la figura medieval de Alberto Magno. Este capítulo estaba destinado a ver la luz el 28 de enero pero la vida es compleja y mi autoestima fluctúa. Helo aquí como sexta entrega de esta saga, ya dejo de darle vueltas a si lo escrito es bueno o malo y lo dejo a juicio del lector.


(...) de Santo Tomás sólo se podría hacer un plano, como el plano de una ciudad laberíntica.
Chesterton


Le gustaba dar clases en el Estudio General de la Orden en París, le gustaba la interacción con los alumnos, revivir su época de estudiante y pasar de nuevo por todas las etapas de adquisición del conocimiento. Además, nunca desesperaba de encontrar a alguien con el que compartir su insaciable hambre de sabiduría. Porque hay que reconocerlo, la mayoría estaban allí para aprender lo básico, ninguno mostraba interés en ir más allá de Agustín de Hipona y de Platón. Es más, no era infrecuente que se escandalizaran del contenido de sus lecciones, si no se andaba con cuidado.
Y entonces, se fijó en un alumno del fondo de la sala. Aquel de imponente tamaño y de silencio aún más imponente. Nunca participaba en los debates ni hacía preguntas, pero muy mal profesor había que ser para no captar en sus ojos la atención y concentración de todo su ser. ¿Sería aquel…?
Empezó a encargarle pequeñas tareas que lo obligaran a salir de su mutismo. Como efecto secundario, sus compañeros se fijaron más en ese muchacho grande y desmañado que tenía una mirada especial. Su nombre era Tomás, aunque lo llamaban el Buey Mudo: se pensaban que tenía problemas de aprendizaje y que por eso el maestro Alberto le favorecía. Movido por la lástima, uno de los hermanos novicios se acercó a explicarle un día la lección. Cuando llegó al punto de mayor dificultad, con voz amable fue el propio Tomás el que le explicó a él resolviéndole todas sus dudas.
Otra vez quisieron burlarse de su candidez diciéndole que había un burro volando, y riéndose de Tomás que se giró a mirar. Pero la risa no les duró mucho… Tomás explicó apaciblemente que prefería creer que un burro volara a que un hermano dominico se riera de él.
Pero no aprendían… Y un día Alberto estalló: “Lo llamáis Buey Mudo, pero yo os digo que este buey mugirá tan fuerte que sus mugidos llenarán el mundo”. Sonó más profético de lo que quería haber sonado. La expresión de Tomás era indescriptible, se parecía un poco a la de un niño pillado por sorpresa, que no sabe muy bien cómo reaccionar para dejar de ser el centro de atención.
Desde entonces, Alberto lo tuvo claro. Era a él a quién estaba buscando. Fue el amigo y compañero que estaba esperando. Es verdad que Tomás nunca se interesó en disquisiciones de filosofía natural, pero con su inmensa capacidad era capaz de hacer fácil lo difícil, sin desanimarse en la descomunal tarea de cristianizar las teorías aristotélicas para el bien de la Iglesia.
Y su intuición resultó acertada como cuando debieron acudir a Roma a defender a las órdenes mendicantes. Tomás brilló en su exposición y refutación de las acusaciones que había presentado Guillermo de Saint-Amour. Non est discipulus super magistrumSufficit discipulo, ut sit sicut magister eius, pero en este caso y gracias al Dios Altísimo, vaya si Tomás había superado a su maestro humano, no dejaba de pensar Alberto. Aquel día Tomás salvó la existencia de los dominicos.
Por eso, le afectó mucho enterarse de su muerte. “Tantum elevatur viae meae a viis vestris”, es muy difícil entender qué se propone Dios Nuestro Señor cuando se lleva a semejante hombre tan pronto a su divino Reino.
Apenas tres años después de la muerte de Tomás, su querido Buey Mudo, ya estaban destrozando la obra que había llevado a cabo. Entonces fue Alberto el que se dirigió de Colonia a París para defender al discípulo amado, aquel que había crecido más que su maestro. Fue una manera de devolverle tantos favores y de darle las gracias por tanto como hizo en vida.
Fuentes
La luz apacible, Louis de Wohl
Santo Tomás de Aquino, Chesterton
Imagen vía

15 noviembre 2014

Alberto Magno (por Muñoz Páez)

La imagen me la mandaron Luis Moreno y Bernardo Perdomo
y creo que fue tomada en la Universidad de Alicante
Si lees este blog, ya sabrás que me cae muy bien Alberto Magno, y que lamento que no haya demasiada información de él disponible, así que estoy "novelando" los hitos principales de los que me documento (aquí), pero también ando ojo avizor para captar cualquier fuente que lo mencione. En 2012 fue Chesterton, y en 2014 se trata de Adela Muñoz Páez. Alberto Magno es patrón de los científicos, y en especial de los químicos, así que esta bloguera está de ceebración, y te recomienda que busques el programa de actividades de la Semana de la Ciencia que se celebra en estas fechas por Alberto Magno y que suelen incluir visitas, talleres y conferencias interesantísimas.
Un monje dominico, san Alberto Magno (1193-1280), ostenta el mérito oficial de haber preparado por primera vez arsénico puro. Como buen alquimista, tenía excelentes conocimientos de las técnicas de trabajo en el laboratorio, tales como la destilación o la sublimación, y se le atribuyen muchos de los textos que recogían el saber científico y esotérico de la época, tales como el Libro de las secretas virtudes de las hierbas, piedras y de ciertos animales, y de las maravillas del mundo, que se estuvo editando desde el siglo XIII hasta el XVII. En uno de sus textos se describe la obtención del arsénico puro: "Si se calienta el arsenicum [que era como se conocía entonces el oropimente] con el doble de su peso en jabón, se transforma en metal". 
No sabemos si esta afirmación fue un descubrimiento propio o una cita de trabajo ajeno, recogida de un texto árabe o de algún alquimista de la época. Por estos y otros méritos, propios o ajenos, san Alberto Magno fue declarado el patrón de los químicos, y los estudiantes de las facultades de ciencia españolas celebran su festividad el día 15 de noviembre. (Historia del veneno. De la cicuta al polonio de Adela Muñoz Páez)
Esta entrada participa en el XLI Carnaval de Química alojado en el blog cienciaonline.com

15 noviembre 2013

Capítulo 5: El fortuito descubrimiento del arsénico



                Pensándolo bien, nunca fue buena idea…, tenía que haberse dado cuenta de que estaba condenada al fracaso, aunque ¿fue un fracaso no obtener lo esperado? Puede que no…, pero lo que estaba claro es que no debió alterarse de aquella manera cuando vio el oropimente del pintor en la catedral. No pudo evitar que la emoción lo embargase. Andaba buscando la refutación definitiva contra la transmutación del oro..., ¿sería capaz de desenmascarar a los alquimistas con sus propios métodos por medio del oropimente?

También fue mala suerte que lograra suficiente cantidad de oropimente justo al comienzo de la Cuaresma. Y, por supuesto, debió frenar la operación en cuanto hizo aparición el azufre…, pero él en cierta manera estaba inmunizado al olor y no fue excesivamente consciente. El escándalo fue mayúsculo: el ayuno debilitaba no solo el cuerpo sino por supuesto la mente, y hubo hermanos que entre una cosa y otra, pensaron que el diablo campaba a sus anchas por el convento, y se asustaron en demasía. Tanto que el hermano prior se acercó para que detuviera lo que estuviera haciendo. ¿Es que era necesaria una señal más clara? Sin embargo, Alberto no se excusó… Se le vino a la mente la plaga de ratones que invadía el convento desde hacía un mes…, y explicó que buscaba un potente veneno para acabar con ellos. El hermano prior no parecía muy convencido, ¿acaso Dios era partidario de ir al infierno para buscar remedio a los ratones? Alberto insistió en que el infierno no tenía nada que ver con lo que estaba haciendo, y cuando pensaba que tendría que renunciar, el prior le dio unos días de margen: - Pero, después, se acabó.

                Alberto regresó a su labor con más intensidad. Al calentar el oropimente con jabón estaba consiguiendo algo totalmente nuevo que no tenía que ver con el oro alquímico. Tenía la sensación de estar separando lo que fuera que formara el oropimente. Echó una ojeada a sus anotaciones, que pretendía publicar bajo el nombre De mineralibus. Allí había escrito que el oropimente se encontraba en las minas, junto al rejalgar. El rejalgar estaba prescrito por Hipócrates para tratar dolencias. El oropimente, de color amarillo, recibía el nombre de arsenikon de los griegos, y era conocido como auripigmentum por los romanos. Había historias de personas que enfermaron al ingerir el oropimente, un riesgo especialmente elevado para los pintores que lo usaban como pigmento amarillo. Hum…, el rejalgar beneficioso, y el oropimente perjudial, ¿estaban o no relacionados? Si purificaba el oropimente, ¿conseguiría un veneno capaz de acabar con la plaga de ratones? ¿Qué era lo que hacía peligrosas o inocuas a las sustancias alquímicas?
                De momento, estaba claro que el oropimente tenía azufre, y él mismo había escrito en De mineralibus, que el azufre y el mercurio eran el padre y la madre de todos los metales, por mucho que les pesara a todos sus hermanos frailes incluido el padre prior. Alberto había encontrado tanto el mercurio como el azufre en muchos de los minerales que sometió al fuego, algunos en el horno. Parecía algo bastante frecuente, por lo que dedujo que las piedras o minerales tenían estas características en común. Quizá en las profundidades de la  Tierra, hubiera mercurio y azufre en abundancia, y de ahí se formaran las piedras…
De todas las operaciones alquímicas, la mejor es la que comienza en el mismo camino que la Naturaleza, con la purificación del azufre por ebullición y sublimación, limpieza de mercurio y perfecta mezcla de ellos con la masa de metal; por sus poderes se induce la forma específica de cada metal.
                El mercurio era apasionante por el hecho de ser líquido, pero el azufre, si cabe, le fascinaba todavía más. Lo había observado a la llama tantas veces, creyendo observar un cambio en la apariencia: los cristales amarillentos sometidos a las altas temperaturas del horno, parecían adoptar de aguja. Tendría que repetir el experimento cuidadosamente para formarse una opinión más clara al respecto. El problema estaba en cómo trabajar el azufre dentro del convento sin provocar un exorcismo colectivo. Probarlo en otro lado hubiera sido aún más complicado, al menos en el convento había respeto hacia su Magister Theologiae y su vida conventual era intachable. Pero probar suerte en otro lugar era arriesgarse a que alguien le denunciara a la Inquisición. ¡Era de locos! ¿Por qué había que relacionar azufre con infierno automáticamente? Si estaba en la Naturaleza, ¿por qué tenía que ser “infernal”? ¿Acaso no decían en el Credo que el mundo era obra de Dios, y Dios no decía en el Génesis que vio que todo era bueno? ¿No veían la contradicción lógica entre una cosa y otra? ¿Y si no la veían (que no la veían, de eso daba fe Alberto) cómo hacerles ver su error, si no a ellos mismos, por lo menos a las generaciones futuras? ¿Por qué todo lo ignoto de lo que no hubiera hablado Platón había de ser herejía? ¿Podía un único hombre compilar todo lo que era el mundo, aunque hubieran pasado milenios de su vida sobre la Tierra? ¿Habíamos de quedar estancados para siempre en lo que dijo o dejó de decir Platón? No, rotundamente no. Si el mundo era bueno, por provenir de Dios, su estudio debería ser santo en cuanto que proporcionaba conocimiento de las criaturas de Dios.
                Alberto dirigió de nuevo la mirada al fuego: no quedaba resto del oropimente. En su lugar, junto a la pasta jabonosa, había cierto material que tenía brillo metálico. Alberto quedó cautivado de inmediato, y sacó sus lentes de aumento. Colocándolas en la posición correcta le permitían observar todo y descubrir detalles insospechados. Tras un minucioso examen, tomó nota:
                Del oropimente al fuego, junto con jabón, no se obtiene nada similar al oro. Se pierde la coloración amarillenta, y aparece un sólido cristalino de color gris acerado, con brillo metálico. Si se deja al aire, pierde el brillo o lustre volviéndose oscuro y negro. Al calentar esta sustancia nuevamente al fuego, arde con una llama blanco-azulada que produce humo blanco y de olor similar al del ajo. No se puede oler sin notar que los ojos y la nariz se humedecen y uno se siente indispuesto.

                Unas semanas más tarde añadió: El sólido cristalino gris (producido del oropimente) no presenta efectos perniciosos sobre los roedores.
                De alguna manera, Alberto perdió credibilidad ante la comunidad. Parecía que, según la opinión de la mayoría, sus actividades extrañas y ociosas no tenían ninguna aplicación interesante. A pesar de que la población de roedores no disminuyó, Alberto tenía la curiosa sensación de que, a pesar de todo, no había fracasado.

Fuentes
Castillo, M., Alberto Magno: precursor de la ciencia renacentista, La ciencia de los filósofos, 1996, págs. 91-106
Búsqueda por Google de propiedades azufre
Notas
1) Quería agradecer las oportunas correcciones de @DivulCC
2) Aprovecho también para felicitar a mi amiga Galleta, que cumple hoy años, de la que tengo la suerte de considerarme amiga desde prácticamente siempre, y que para mí siempre será 'algo Alberta', y por tanto, relacionada con el Patrón de Ciencias. 
3) Este post participa en la Edición del Cobre del Carnaval de Química acogido en el blog de @hebusto





El siguiente capítulo de esta serie los puedes leer en el enlace:

26 enero 2013

4. El teólogo alquimista

(Continuación de 1. La noche oscura del alma2. Fray Ilustrísimo y 3. En busca de manuscritos)
Fausto y Mefistófeles vía

Sabía que tenía fama de loco, cuando no de pecador. Su MagisterTheologiae le salvaba de que lo acusaran de pacto con el diablo, al menos de momento. Es cierto que en la zona que ocupaba del convento, en ocasiones había un tufillo intenso a azufre, aunque procuraba disimularlo calentando muchas más cosas de olores aromáticos... Alberto había descartado que el diablo se hallara detrás de sus pruebas, ya que nunca oyó voces ni se le apareció en medio de llamas. Así que dedujo que los cambios que detectaba en sus pócimas se debían al efecto de la llama o alguna otra explicación más terrenal que el fuego del Infierno. Pero era difícil conseguir hacerse entender por el colectivo que formaban sus hermanos frailes, muy buenos y santos, pero poco predispuestos a indagar acerca de la materia que formaba el mundo en el que cultivaban, cocinaban y vivían. Cierto que “materia” era un concepto tomado de Aristóteles..., y los hermanos que estudiaban teología en la universidad de París, con suerte habían leído traducciones de Platón, el cual no se preocupaba de tales asuntos ya que no pertenecían a su mundo de las Ideas.. Alberto mismo no conocía apenas el griego y había de servirse de traducciones de Maimónides y Avicena, siempre a escondidas para evitar sospechas malintencionadas. Varias veces habían intentado acusarle de prácticas diabólicas, pero nunca pasaban a mayores. ¿Cómo es que Alberto había vendido su alma al diablo, y por eso destacaba en la solidez de su doctrina católica tanto desde el púlpito como en la cátedra? ¿Alberto que pasaba horas en la capilla, y que todos sabían que tenía las rodillas despellejadas y encallecidas de arrodillarse? ¿Alberto que celebraba cada día la Misa con sumo cuidado y devoción? Difícilmente podría alguien creerse en serio dichas acusaciones.
Maimónides vía

Gracias sean dadas al Dios que le concedía la libertad de llevar a cabo sus experimentos y observaciones. Ya habían pasado los tiempos difíciles cuando solo era un fraile más que estudiaba teología, y que tenía que esconderse. Muchas de sus ideas (“¿y si hiciera tal cosa?”) habían tenido que aguardar años en su memoria antes de poder ensayarlas. Ahora siempre que tuviera cuidado y discreción conseguía un mínimo de intimidad y de espacio y tiempo para dedicar a sus estudios naturalistas.


París tenía las ventajas de una gran urbe: uno podía encontrar todo aquello que necesitara: manuscritos sobre alquimia y la naturaleza, tratados teológicos y filosóficos griegos y judíos, y se podía adquirir minerales y piedras raras. Se decía de Alberto que tenía amigos debajo de las piedras, y así conocía a un soplador de vidrio que le ayudó a construirse un alambique (que en cierta ocasión vio en casa de un afamado alquimista), había estado varias veces en la forja de espadas observando con minuciosidad el proceso. Allí siempre había fuegos más grandes y potentes que en casa del alfarero, y uno podía ver cómo los sólidos y los metales nobles usados para las armas de caballería se convertían en líquidos brillantes y viscosos que tomaban la forma del recipiente en los que eran vertidos. Alberto siempre llevaba encima un trozo de pergamino para apuntar todo aquello que le pareciera de interés, y que quisiera pensar con más detalle. A veces se llevaba pequeños trozos sobrantes de los metales de la forja, y los trataba con los ácidos obtenidos en su alambique.

Fuente

“Obtenemos un fluido de destilar el nitro y el vitriolo (ácido nítrico), que ha de manejarse con extremo cuidado, pues una gota es capaz de destruir la madera, el pergamino, o la túnica, y no sería la primera vez que alguna persona presente quemaduras por tocarlo. Intentando conocer la naturaleza de esta nueva sustancia encontrada por el hombre, he probado a ponerla en contacto con agua, jabón, vino, pan y queso. Pero su comportamiento es totalmente distinto al aproximarlo al acero o a hierro puro: es como si  tuviera una extraña ‘afinidad’ por los metales.

Fuente
“Muchos años de experiencia, observando e incluso probando yo mismo como si fuera un aprendiz más en la forja, me llevan a negar que sea posible obtener oro de otro metal. Mediante el fuego podemos transformarlos en líquidos, y también con bastante cantidad de destilado. Las ocasiones en las que alguno dice haber conseguido la transmutación en oro, revelan finalmente ser engaños, y es que como mucho, se puede recubrir con oro o bien con algún mineral que se asemeje al color del oro, pero eso no cambia la sustancia del metal.”

Alberto por principio no descartaba nada, pero siempre trataba de comprobarlo y experimentarlo en primera persona. Iba guardando los pergaminos en los que escribía: partiendo de la descripción de Aristóteles acerca de la composición del mundo, intentaba comprobar la veracidad de sus argumentos con los medios que tenía a su alcance. Al contrario de los secretos y falsas recetas que uno podía encontrar en los manuscritos de alquimistas, Alberto apuntaba cuánta cantidad utilizaba, cuánto tiempo tardaba en producirse algún cambio, el color de todo aquello que aparecía o desaparecía. Cuando tuvo el privilegio de descuartizar la vaca para alimentar a los pobres durante la hambruna, se fijó que en cuatro partes distintas había hierba, lo que le llevó a fijarse en la manera de comer de la ternera que aún quedaba en el convento. Si le tocaba ayudar en la cocina se interesaba por la manera de hacer queso a partir de la leche y también en cómo se elaboraba el pan. Los hermanos dominicos estaban acostumbrados a encontrarse a Alberto en los lugares más insospechados, mirando y apuntando los asuntos más insospechados. Como aquella vez que apareció en la capilla con las cejas chamuscadas y eufórico. Al parecer había destilado vino, y lo que había obtenido se le derramó en el fuego y salió una llamarada sin que le diera tiempo a apartarse. Ninguno entendía que podía tener de interesante, pero Alberto estuvo un tiempo decidiendo donde era más seguro almacenar el vino por si había un incendio en París.

Una vez un novicio le preguntó por qué lo escribía todo. Alberto le miró sorprendido:

- Otros aprenderán de mis errores, y así como el conocimiento de nuestros antepasados ha quedado escrito en los códices, todo lo que haya experimentado sea accesible al que le interese. Supongo que esa es la mejor manera de crecer en sabiduría.

El novicio no pareció muy convencido. Alberto sabía por experiencia que no había muchas personas como él, pero algo dentro de él le animaba en su empeño de preservar sus experimentos, porque si bien no confiaba en encontrar a alguien que continuara su legado, sí esperaba que hubiera épocas mejores.





Esta entrada participa en XXI Edición del Carnaval de la Química en este blog (Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión), también en la III Edición del carnaval de Humanidades que se encuentra en El cuaderno de Calpurnia Tate


Los siguientes capítulos de esta serie los puedes leer en los siguientes enlaces:

09 enero 2013

3. En busca de manuscritos

Si le parece al organizador, este capítulo 3 participará en la III Edición del Carnaval de Humanidades para demostrar que la Ciencia es Cultura, y por tanto, la historia de la ciencia y de los primeros científicos está interrelacionada con el desarrollo de la cultura occidental, San Alberto Magno patrón de los científicos fue un monje santo para la Iglesia Católica, alquimista, aristotelista cuando era una herejía para su fe, observador naturalista y mucho más.


(Vía)
¡Por fin!, había encontrado lo que llevaba meses buscando, y no pararía por poca luz que diese la vela. ¿Conseguiría terminarlo antes de la medianoche? No debía llegar tarde a los maitines…, y después apenas habría tiempo hasta los laudes. ¿Por qué tenía que oscurecer tan rápido? Su ritmo de lectura bajaba considerablemente sin que tuviera que ver con el cansancio acumulado. Y es que cuando estaba estudiando  el tiempo dejaba de existir y solo importaba aclarar el asunto que le quitara el sueño en ese momento. Claro que para vivir en el convento tuvo que aprender a calcular el tiempo, normalmente gracias a la incidencia de la luz solar, y varios otros trucos desarrollados de manera inconsciente. Al principio se había ganado severos sermones por impuntualidad en la vida monacal. Tenía mucho que agradecer a la aptitud para el estudio, el superior le había exonerado de las tareas pesadas para que dedicara su tiempo a la preparación para obtener su magister theologiae en París.

El primer año como novicio fue la prueba de fuego. El resto ya salía solo, incluidos los ayunos y demás mortificaciones corporales estipuladas por Santo Domingo. Se había acostumbrado a las largas caminatas para recorrer la ciudad y acudir a dónde les llamaban o dónde les enviaba el superior. También a la estructura del estudio en lectio y disputatio, más las llamadas artes liberales.

Se transmitía de año en año la leyenda de la primera intervención pública de Alberto. La exposición brillante y clara de la doctrina agustiniana, y el acierto en contestar las quastiones planteadas por los maestros. La alocución final en la que recogía la tesis defendida y el silencio que se podía cortar al finalizar. Cuando sonó el atruendo de los aplausos, el ponente se sobresaltó visiblemente, Alberto había levantado la vista hacia el tribunal que también se habían unido al público, Alberto notó cómo las orejas le ardían. Con el tiempo había conseguido no enrojecer demasiado cuando había de hablar ante muchas personas.

(Vía)
Desde entonces, leía sin descanso los manuscritos que se guardaban en el naciente Studium Generale de la Orden dominicana en Colonia. Aprendió nuevas lenguas como el hebraico y alguna noción de griego, además de perfeccionar su latín, por el afán de leer los escritos originales. Era una manía estrambótica y a veces peligrosa, ¿acaso no le bastaba con la lengua hablada por Jesús de Nazareth y los Apóstoles? No, no bastaba. Había un mundo entero por descubrir acerca de otras tierras que habían establecido un modo vde vida distinto…, y no por ser paganos habían de estar equivocados en todo… ¿Acaso la Iglesia no había aceptado las tesis agustinianas que provenían del pagano Platón? Estaba claro que la observación de la naturaleza mostraba las maravillas de su Creador, si solo existía una verdad, ¿los paganos no la habrían encontrado aunque con cierto error? Si uno estaba firme en sus creencias, ¿por qué había de ignorar todos aquellos pozos de sabiduría que no podían hacer ningún mal a nadie? Pues si era verdad, ¿cómo no iba a ser parte de la Verdad, y por lo tanto del Bien? Y el bien no podía ser mal por definición…

(Vía)
Estas ideas eran peligrosas, y Alberto tenía que tener cuidado con quién las compartía. Estudiar ejercitaba las virtudes, sobre todo la paciencia por no tener acceso a satisfacer las dudas acuciantes, y la prudencia de no compartir lo que otros no entenderían. Al fin y al cabo como decía San Pablo, había que procurar no escandalizar a los débiles para evitar la condenación aquellos y de su propia alma. No era un consuelo fácil el tener que escoger la vía más segura y no la más rápida, que hubiera sido aprender árabe. Ellos eran mucho más abiertos a otras culturas y poseían manuscritos de gran valor, además de descubrimientos recientes interesantes. Pero aprender árabe conllevaría ser anatema y la excomunión. Alberto tenía aprecio a su fe y su llamada, lo que implicaba grandes sacrificios en la vida intelectual y un sentimiento intenso de soledad que a veces no remitía ni cuando se ponía delante de su Dios.

No le preocupaba demasiado que los demás le consideraran excesivamente original por esa ansia de conocer las últimas causas y primeros principios. Apenas quedaba ya nadie en el convento capaz de recordar su noviciado y a fray Ilustrísimo, ni la noche que cambió su vida para siempre. Era obvio que todos en su momento habían apreciado el cambio de carácter, su aplicación al estudio, y su reciedumbre para trabajar en lo que le pidieran. Nadie se explicaba qué había ocurrido ni por qué Alberto acudía cada día con flores para la Virgen de la catedral en construcción, y pasaba las noches estudiando viejos manuscritos o de rodillas en la capilla.



Los siguientes capítulos de esta serie los puedes leer en los siguientes enlaces:





14 diciembre 2012

Capítulo 2: Fray Ilustrísimo

Bueno, dada la acogida del capítulo 1, continúo la saga. Aclaro que quiero hablar de ciencia o lo que se hacía en la Edad Media, pero en este capítulo tampoco lo he conseguido.
(Vía)


¿Quién es el primero que empieza un rumor? ¿Cómo se extiende lo que nunca se reveló? Era una pregunta que perseguía a Alberto. En la ciudad de Colonia todo el mundo sabía que era un noble huido y que había conseguido revolucionar media Europa, ¡y eso que su identidad había permanecido oculta por decisión del superior del convento! Cuando iba cada mañana a buscar agua al pozo de la plaza cercana, le seguían los hijos de los lugareños gritándole: ¡Fray Ilustrísimo, danos tu bendición! Alberto sentía hervir su sangre. Imágenes de venganza sangrienta cruzaban por sus ojos en cuestión de segundos. Se iba a desgastar los dientes de tanto apretarlos.

(Vía)
El convento de Colonia era más frío y austero que el de Padua. El clima norteño se hacía sentir, mientras el viento ululaba tanto por el refectorio como en la capilla. Los monjes caminaban embozados en el hábito dominico. Había bastantes jóvenes que recibían instrucción y que acudían al renombrado Studium Generale de Colonia para completar su formación. La mayoría eran de baja alcurnia.

Alberto sabía que su familia había desistido de buscarle. El obispo de Augsburgo había visitado a los condes de Bölstadt para tratar de la vida del joven Alberto, y su padre finalmente había dado la venia para hacer lo que le pluguiera. Sin embargo, el Maestro de la Orden prefería dejar pasar un poco más de tiempo. Alberto tenía sentimientos encontrados al respecto: por un lado, había sido educado en el valor del honor y la fama del nombre y la familia, y entendía con clarividencia los descalabros causados en el hogar paterno. Por otro lado, su nueva vida no le satisfacía y constantes dudas le asaeteaban por motivo de su retardo en los estudios colectivos y su escasa comprensión de la temática teológica. Alberto rezaba fervorosamente ante el Santísimo, dejando a veces que las lágrimas arrasaran su rostro cuando recordaba sus frecuentes fallos en los estudios.

Pero por más voluntad que ponía, no conseguía que se desarrollara su intelecto. Por más que se esforzara en comprender y asimilar los conocimientos, todo redundaba en que se sintiera un fracasado. Alberto adelgazó bastante en aquellos meses y perdió su sonrisa y el buen humor.

Él, futuro conde de Böllstadt, acostumbrado a una vida luenga y amigable, rodeado de personas que lo idolatraban, se veía en el convento no ya como uno más sino como uno menos. Ahora no había ni un solo campo en el que destacara, cuando antes había sido un joven notablemente instruido, ingenioso y alegre que tenía por delante un futuro envidiable. Ese invierno le salieron sabañones en las manos, que ya tenía destrozadas de cargar cubos de agua. Él no era capaz de disimular la repugnancia que le producía lavar la ropa de otros, cavar en el huerto adosado al convento, y demás menesteres.

Hasta que un día, presa del cansancio y de la tensión, escuchó como varios de sus compañeros se reían a escondidas de su torpeza llamándole Fray Ilustrísimo. Entró como una fiera entre ellos repartiendo puñetazos y rompió todo lo que quedaba a su alcance. Nadie pudo pararle, fue él mismo el que se detuvo cuando se le pasó el ataque de rabia, y huyó avergonzado pero no arrepentido. 

Esa noche, preparó sus escasos enseres para fugarse del convento. Lo único que tenía en la cabeza era escapar, volver a ver la tierra con las personas amadas.

Y sin embargo, al día siguiente se presentó al superior temblando para pedir disculpas y que le readmitieran en la Orden de nuevo. El superior trataba de razonar con Alberto diciéndole que si nunca se había ido, ¿por qué había que readmitirle? Alberto no le escuchaba. El superior se dio cuenta de que tenía fiebre y lo mandó a la enfermería.


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