domingo, 22 de diciembre de 2013

Vuelve a casa por Navidad

y otras paparruchas que NO son en absoluto ciertas, a pesar de que tenga genes del Grinch y venga del país de Pesadilla antes de Navidad. En fin, que ayer me dispuse a venir de tierras catalanas al frío norte al que pertenecen mi pasado, y de momento mi familia. La manera menos traumática hasta que los físicos consigan el teletransporte suele ser el tren Intercity. Antes te das un paseo por la red de Rodalies, y apareces (con suerte) una hora antes de que despegue tu tren en la estación de Sants. Estación repletita de recuerdos de horas de aburrimiento esperando el tren hotel de Granada. La estación de Sants está a tope, parece que todos hemos tenido la misma idea de volver a casa en Navidad (a la que probablemente haya contribuido la huelga del día anterior a Renfe, otra vez desmontando el mito de vuelta a casa en Navidad, vale ya me callo). No hay sitio para sentarse, y la cola para bajar al andén hace varias eses, y en ese ambiente llega una señora para coger el tren anterior. No la dejan pasar, y se pone a gritar no sé qué del metro, y de que ha llegado antes de y media, y que si son fiestas... Los de Renfe hacen piña del otro lado para no dejarla pasar, con lo que empieza a gritar todavía más desagradablemente. Reconozco que es horroroso perder tu tren por apenas unos minutos, y que todos desearíamos que nunca nos pasara algo similar. Pero, ¿en serio que pase, (y me han pasado peores, ojo) me da derecho a echarles el mal de ojo o una maldición más potente a los encargados que están sobrepasados de trabajo especialmente en fiestas?

En fin, pasamos al momento de entrar al tren, y dejar los maletones e intentar acomodarte y dejar sitio a tantos otros más. Cuando ya estás sentada, relajada, has escrito por Whatsapp que ya vas de camino, ha llegado tu acompañante de la ventanilla, se ha colocado y relajado respectivamente; aparece una pareja que entre ellos hablan en otro idioma (me parece que alemán) y que lleva cada uno un maletón 10 veces más grande que el mío (y no exagero). Como llegan los últimos al vagón, no queda ni un mínimo hueco, y la chica empieza a despotricar en voz alta (y en español) de que España es un país horroroso y los españoles unos cretinos sin educación que no dejan sitio a sus maletas. Me levanto y retiro mi abrigo gooordo, y mi portátil y lo acomodo entre mis piernas (además del bolso que ya tenía). Obviamente no soy la solución pero contribuyo un poco. Ellos siguen paseando de un lado al otro, arrastrando sus maletas, y ella (a él no le entiendo) va repitiendo sus amables opiniones sobre los ocupantes del tren, incluido al revisor que viene a decirles que la maleta (podríamos llamarla LA MALETA ENORME) no puede estar en medio del pasillo, si acaso en la plataforma y se lo tiene que repetir varias veces.

Salir del tren en Pamplona es una odisea, todos tenemos muchas ganas de ser abrazados y besados, y tenemos grandes bolsas, y queremos salir los primeros. Esta vez no llevo tantos libros y mi maleta de ruedas no es tan inamovible como en otras ocasiones, pero aún así pesa lo suyo. Y no hay nadie en el andén (de los míos, del resto hay mogollón, claro) así que me resigno a arrastrar penosamente mi maleta escaleras abajo, escaleras arriba, y cuando cojo resuello mientras trato de que no se me caiga el abrigo, el libro y el portátil, veo que llega la furgoneta de mi familia. ¡Aleluya! Me acerco y empiezo a ver que bajan tooodos mis hermanos: uno va de mexicano con guitarra, otra con una pancarta con mi nombre, y la otra con un mono azul. Y, lo siento, el poco espíritu navideño que tenía a las 7 de la mañana se ha desvanecido sin dejar rastro...
Postdata: adoro a mi familia, por si aún no está claro :)

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¿Cómo terminar una historia?