jueves, 13 de agosto de 2020

Las flores de Bobin

He revisitado Autorretrato con radiador de Christian Bobin. Una delicia que saborear despacio para tratar de no perderse nada...

Habla de muchas cosas, pero las flores ocupan un lugar destacado. Como los tulipanes:

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Pero por ahora tengo ya mucho para ver: nueve tulipanes muriéndose de risa en un jarrón transparente. Miro su estremecimiento bajo las alas del tiempo que pasa. Tienen una manera radiante de estar indefensos, y escribo esta frase a su dictado. “Lo que constituye un acontecimiento es lo que está vivo y lo que está vivo es lo que no se protege de su pérdida. 

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Cuanto más se precisa su final, más se inclinan los tulipanes hacia la ventana- como si la luz tuviese que decirles algo que ellos oyen cada vez peor. La cercana muerte los vuelve un poco sordos. Le piden al día que les repita lo que acaba de confiarles, un poco más fuerte si es posible.

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Ya están aquí los tulipanes nuevos, aún tímidos, sus gruesos pétalos cerrados, como si fuesen las pinzas de un cangrejo, son de color rosa, un rosa anaranjado, sería necesario un pintor para acogerlos dignamente, alguien que abriese una vía real desde el ojo hasta el espíritu, sin el intermediario ruidoso de las palabras.

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Tulipanes de colores francos como dibujos de niños. Entraron verdes en la casa. El pincel de las luces los arrastra ya hacia el amarillo.

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(...) me bastará con imitar a los tulipanes de mi mesa del despacho, acoger el cansancio como un beneficio e inclinarme sobre esta vida para beber en ella la luz, como hacen los animales cuando lamen el agua de la lluvia (...)

O las rosas:

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En la cocina, unas rosas minúsculas, adorables. Dos están de gran conversación, apoyadas una en la otra. Cuando dejo la casa, las miro y tengo la sensación de irme dejando la luz encendida.

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“En mi casa”, allí es donde hay la soledad suficiente para que en ella viva una rosa.

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A la agitación de la luz, las rosas responden indefinidamente con una frase: “No importa, no importa”.
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Esta vez soy yo el que se ha despertado el primero: sorprendo a las rosas en paños menores, marcadas por las arrugas del sueño.

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Las rosas han dado todo y ahora se mueren, lo que es una manera de dar aún más.

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Para la cocina me traje unas rosas un poco sombrías de más. (...) Un porte crispado, un algo de boca apretada. Bah. Nada de tiempo y acabarán por abrirse y conocer el desorden y la alegría- todas esas cosas que la alta burguesía nunca les sabrá dar.
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Me pregunto de dónde vienen estas rosas, qué infancia tuvieron para ser tan poco flexibles. ¿Saben acaso que solo disponen de una semana de vida y que están- aparte de la locuela- desperdiciando esta semana con el pretexto de mantener su rango? 

Incluso de las azucenas que no gustan al autor:

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Azucenas. No sé lo que me ha pasado, he traído a casa unas flores que no son de mi estilo. Posiblemente porque no me gustaban, justo por eso- por el placer de contradecirme, de ir por una vez contra mis costumbres.
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Empiezo por vosotros, los lirios. Me gusta la elegancia con que atraéis jirones de luz- como con la punta de una espada. Respecto a vosotras, en la sala, olvidé vuestro nombre. (...) Pienso que no os ofenderéis si me permito llamaros unas “no-sé-qué”. Haríais mal enfadándoos: es adorable, unas no-sé-qué violeta al caer el día.

He señalado en negrita la luz, que en Bobin como en Casi de Rodrigo Manzuco tiene toda su importancia. Porque para el autor:

Una brizna de luz efímera que no sé de dónde viene, ni cuánto tiempo va a permanecer junto a mí: hoy la llamo “Mozart”, mañana la llamaré “Dios” y pasado mañana “infancia”.

Podemos hablar también de pájaros como en Átomos y galaxias de Miguel d'Ors, del Sábado Santo como en Bello es el riesgo de Marcela Duque, de lluvia, de la belleza y del amor... Pero eso es otra historia para ser contada en otra ocasión.

 

 


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