miércoles, 8 de mayo de 2013

Espacios infinitos

Con el título me refiero a aquellos espacios que sin ser infinitos lo parecen, o al menos me hacen sentir pequeña, distinta, ‘en tensión’ entre dos fuerzas ocultas cuando estoy en ellos. Quizá el primero que deba ser nombrado, y en que puede que concordemos bastante gente es el mar. Para mí tiene algo hipnótico. Contemplar el cielo de noche podría ser el segundo. En general, si va por delante la palabra contemplar hay muchos que entrarían en la categoría de espacios infinitos.


Pero no siempre están relacionados ‘del todo’ con la palabra contemplar. En mi caso, tienen mucho que ver con los libros, aunque entonces quizá estemos en tiempo infinito y no en espacio infinito. Cada mañana, cuando me tomo mi tazón de leche con cereales, aprovecho para leer unos minutos. En proporción pueden desestimarse del total de 24 horas, pero a falta de otra compañía mejor, a mí me dan la vida. Hacen que llegue al despacho o al laboratorio de otra manera distinta, y por supuesto, mejor. No siempre tengo la suerte de quedarme enganchada en esos dos minutos, pero la mayoría de las veces sí, así que continúo leyendo en la parada de autobús, y en los escasos 5 minutos que dura mi trayecto si no hay huelga o demasiado tráfico. El autobús, aunque depende del día, suele ir bastante lleno. Me cuesta mantener el equilibrio entre los tupper de comida, la cartera, y el libro abierto (algún día de estos me pegaré un señor batacazo). A veces va tan lleno, que no se puede avanzar, y estamos pegados al conductor y a la ventana de delante. Es entonces cuando experimento la tensión entre dos fuerzas (obviamente cuando voy apretada con otros estudiantes, no siento una llamada tan poderosa): el libro me invita a leer unos minutos, y la ventana a mirar y contemplar el cielo que por aquí parece siempre ser muy, muy azul y no gris como en Pamplona.

Un espacio infinito por excelencia son las bibliotecas públicas. Me hace sentir infinitamente rica tener acceso a semejante colección de libros, e infinitamente pobre porque no podré leer todos los libros buenos en esta vida. Por supuesto que me encanta ir a la biblioteca a saquearla con regularidad, pero a la vez se me hace costosa la elección. Un personaje (el Loro) de la novela de Gerald Durrell El paquete parlante (puede que junto a La Historia Interminable, fuera una de las que leí más veces) tiene el encargo de pronunciar una vez al año todas las palabras que existen en el diccionario, aunque él procura emplearlas más veces y que así puedan hacer más ejercicio. Algo así experimento en una biblioteca: normalmente voy buscando ejemplares muy concretos que vienen de mi lista de libros hecha de recomendaciones y método de las cerezas, pero siento como si desde los estantes me llamaran los compañeros. Y cuanto más viejo está un volumen y poco usado, más siento la trepidación de conocer su historia: la que lleva escrita, y ojalá que también la de sus andanzas como libro de biblioteca pública.

Lo que ha empezado como un relato literario de mis experiencias personales, toma ahora el cariz de unas reflexiones para el Carnaval de Humanidades. Estuve en una conferencia acerca de las humanidades en el siglo XXI, cuando aún vivía en Pamplona: no logro recordar el título, ni los nombres de los ponentes ni quién la organizaba. Si me acuerdo más o menos de cómo transcurrió el debate y las intervenciones de la mesa; y fue en un tono bastante negro y pesimista en cuanto a lo que se ha perdido y a cómo los científicos están cada vez más tecnificados y se intenta trasladar su tecnificación también a las Facultades de Letras. No discuto la veracidad del análisis de la crisis de las humanidades y de la sociedad en general. Pero no vamos a arreglarlo recordando viejas batallitas de cuando los eminentes catedráticos de la conferencia estudiaban DE VERDAD sus respectivas carreras humanistas. Tampoco voy a demonizar Internet, por mucha Wikipedia que usen los alumnos, porque frente a posturas más o menos derrotistas, conozco a un joven bloguero de Secundaria que no duda en leer blogs de divulgación de talla XXL en física, química, matemáticas y que se aprendió sin obligación la tabla periódica, y que se interesó enormemente por mi lista de libros leídos en 2012, que no eran precisamente de ciencia, sino que incluían a clásicos como Shakespeare, Chesterton, Lewis, Dostoievsky, y poetas españoles actuales y de la generación del 27 y del 98. Puede que no todos los jóvenes sean como él, pero el hecho de que haya uno solo que sea así, ya resulta esperanzador.

Me puso nerviosa la actitud negativa del personal, porque entiendo que sí, que efectivamente hay un problema gordo, pero que no sirve de nada echar las culpas a los científicos, a los gobernantes o a los burócratas. No. Hay que proponer soluciones que empiecen por uno mismo. Por supuesto que una conferencia es un buen punto de partida: a mí me dio muchas ideas, como la importancia de leer los clásicos en su idioma. Y quizá ya que en este mundo globalizado se valoran tanto los conocimientos en idiomas estaría bien que el inglés nos permitiera leer a Dickens y Shakespeare, el francés a Bobin y Dumas, el alemán a mi querido Alberto Magno o por qué no al matemático Gödel... Y llegados a este punto, recordé una conferencia vista en diferido que me pareció más acorde con mis ideales (y que tenéis que ver obligatoriamente): Pedro Miguel Etxenique recomendaba para la creatividad del científico leer los primeros artículos de grandes como Einstein, Lawrence, etc. El punto medio y clave está entre ambos, porque como decía Snow no solo es inculto quien no conoce el autor de una obra literaria e histórica sino también aquel que no sabe explicar la segunda ley de la termodinámica. Queridos humanistas, hay que ponerse las pilas con la ciencia; queridos científicos, hay que valorar las humanidades.

Con lo que mi conclusión final queda en que hay que leer hasta perder el conocimiento. Fomentar la lectura en niños, que luego serán jóvenes y adultos. Aprovechar las facilidades de este mundo globalizado para acceder a documentos originales escaneados y aprender de aquello que nos interese. O montar iniciativas como esta. ¿Qué opináis?

7 comentarios:

  1. Estoy muy de acuerdo contigo en eso de que hay que valorar muchísimo las dos claves de la vida, las ciencias y las letras.

    Como tú ya sabes (y cualquiera que me siga en twitter xDD), amo la poesía, tanto urbana como literaria (aunque de esto comente menos, también me gusta, de hecho tengo varios libros solamente de poesía en casa jeje). Y algún día te contaré algún secretillo que tengo yo con la poesía XDDD

    Me ha parecido un post muy bueno y necesario para todos ;)

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    1. Por cierto, gracias por incluir a ese niño en tu post (creo que se trata de quien creo que es no? jajaja), todo un placer :)

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    2. jajaja, no recordaba haber hablado de ningún niño en todo caso joven xDDD

      Gracias por apoyar a este loco Carnaval, y espero leerte acerca de poesía y demás secretos ;D

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  2. Bien, bien, bien... ¿por dónde empezar? Pues por el principio... Yo soy un apasionado de la lectura, de los libros, y de todo lo que les rodea (mi mujer está a punto de echarme de casa porque mi biblioteca empieza a desbordarse) Para mí es como respirar, tengo que dedicar algún rato del día a leer, aunque tenga que robar horas al sueño. Dicho esto, creo que la sociedad actual carece, en general, de interés por el conocimiento (y aquí incluyo las ciencias, letras, el arte etc. porque los considero parte de un mismo todo) y poco podemos hacer al respecto. Por más que nos empeñemos en fomentar la lectura o divulgar la ciencia, el público es poco receptivo. Es más cómodo sentarse delante del televisor y dejarse llevar. Sin embargo, opino que parte de la culpa es nuestra. Me explico. Creo que me gusta tanto la lectura porque cuando era pequeño tenía en casa un buen número de libros a los que acceder, y mis padres han sido siempre muy lectores.
    Como bien dices, los niños son nuestro futuro. De lo que se ve se aprende y, por mi parte, intento con mis hijas hacer lo mismo: que vean libros y revistas por todos lados (aunque aún son muy pequeñas) y los cojan, los abran etc. Es una labor esencial a la que se dedican con empeño los profesores pero que en muchas ocasiones cae en saco roto por nuestra dejadez en casa. En esto también es más fácil culparles a ellos, al gobierno de turno etc. No podemos dejar de lado nuestra responsabilidad. Tenemos que lograr que los más pequeños se interesen por lo que les rodea, fomentar su curiosidad y descubrirles lo que se esconde detrás de la lluvia, de los botones de un ascensor o de las estrellas que vemos al mirar el cielo por la noche. Hay que plantar la semilla.
    Desde luego no quiero pasar por alto la labor de los propios científicos en la tarea de divulgar su trabajo. Viene a mi memoria el impacto que supuso la publicación del libro “Historia del tiempo” de Stephen Hawking. Logró que el gran público se interesase por la astronomía, la mecánica cuántica y el origen del universo y, no solo eso, sino que provocó el surgimiento de un sinnúmero de fanáticos de la ciencia. La gente comentaba entre sus amigos los pasajes más interesantes y el boca a boca lo convirtió en un best seller internacional. Junto con Hawking, otro divulgador que considero fundamental es Stephen Jay Gould. Fallecido prematuramente, supo como nadie acercarnos a la biología, la paleontología y la filosofía de la ciencia con sus escritos llenos de amenidad y conocimiento a raudales.
    Creo que me he pasado... pero es que consigues hacerme escribir por los codos :)
    En cualquier caso y para terminar, te robo tu frase: mi conclusión final queda en que hay que leer hasta perder el conocimiento.

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    1. ¡Qué más da que te alargues si tienes toda la razón! La cosa no está en quién tiene la culpa, sino qué podemos hacer nosotros, yo, para mejorarlo. Y tus opciones me parecen muy válidas, aunque ten cuidado con tu mujer... Yo he desarrollado un sexto sentido para volver al mundo real desde mi libro cuando alguien pronuncia mi nombre. Se debe a que mi madre se enfadaba mucho si nos llamaba a cenar y no la escuchábamos de lo enfrascados que estábamos cada uno en su libro. ¡Y nos amenazaba con castigarnos sin leer! jejejeje, qué cosas!
      Un saludo!

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  3. El vire literario es extraño. De los espacios infinitos a un discurso sobre la reaprehensión de las Humanidades. No obstante, ¿qué importa el vire si el mensaje se entiende? Que en el transcurso de los días están los libros, el cielo, el transporte público... y luego las ideas y la pasión.

    Sin duda hace falta trabajar en favor de las Humanidades. Me gusta recordar ese texto de la III Edición, la carta a los científicos. Porque allí nos dicen que una cosa importante es la unión, y otra la humildad. Unirnos los científicos y los humanistas (que a veces pertenecen a ambos campos) para comunicar que su trabajo existe. Con humildad, olvidándose de años y años de doctorado y esfuerzo y sudor que nadie merece del humanista o el científico, para comunicar a la gente sencilla la pasión y el gusto con que se suda cada artículo publicado, cada tesis escrita, o cada entrada de un blog.

    Para comunicar los problemas que hemos tenido, pero expresando que unidos nos hemos apoyado para salir adelante.

    Saludos. ;D

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    1. A mí también me gusta bastante el texto que dices. Y respecto al 'vire'.. En realidad fue la mezcla de dos textos que tenía en borrador (uno en el blog y ambos en la cabeza), y sí mi día está plagado de cielo, libros, transporte público, ideas y pasión! :D

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¿Cómo terminar una historia?