sábado, 12 de mayo de 2012

Aurelio González Ovies

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Por el día del libro, recibí de mi tío un fantástico regalo de Sant Jordi: un poema de Aurelio González Ovies, que me encantó. Y me hizo ilusión descubrir a un paisano mío, quizá porque últimamente había leído a José Luis Tejada, a Enrique García-Máiquez y a Federico García Lorca, todos andaluces, así que el primer libro que saqué de la biblioteca fue Vengo del Norte, que ganó el accésit del Premio Adonais. Me gustó, aunque reconozco que me pareció mucho mejor (a mi humilde entender) La hora de las gaviotas: ¡cómo huele a Asturias! ¡Qué gusto ver retratado en poesía mi patria, sus pueblos, sus costumbres, sus familias! También he leído algún que otro artículo que el autor publica en el periódico asturiano de La Nueva España. Quizá lo que más me cuesta es la falta de transcendencia del poeta. Después de leer a Tejada, me deja un vacío grande. Pero, es un gran poeta, y aquí os dejo el poema que me "regaló" mi tío, porque puestos a escoger, este describe muy bien al poeta y a Asturias, incluso a mi familia y, aún más, a la familia de mi abuelo:

USTED seguro que ha sentido vergüenza alguna vez
al decir que en su cuarto caía una gotera
o que su pobre madre le hacía el bocadillo
siempre de natas con azúcar
-son cosas de la vida-.
Confieso que en mi casa el olor a humedad
era casi entrañable
y todos los domingos se comían garbanzos,
salvo en alguna fecha señalada.
Que lloré muchas veces por no querer llevar
los jerseys con coderas
o no tener un lápiz con enanito arriba.
Confieso que la ropa nos la daban los primos
que ahora son albañiles
y que nuestra familia se rompió por la herencia
de unos metros cuadrados de baldosas con taras
-son cosas de la vida-.
Que, a escondidas de todos y hasta los siete años,
tuve el chupete debajo de la almohada.
Confieso que los míos son personas sencillas:
usted sospecha que hablo de un padre que no sabe
lavarse bien los dientes,
de una mujer que escribe con mala ortografía,
de unos hermanos fieles como la misma sangre
y una casa que huele, cada vez que entro en ella,
a las húmedas manos de la melancolía.
Confieso que he nacido donde hubiera elegido
por encima de todo
cada vez que naciera.

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