viernes, 18 de mayo de 2012

Una mirada


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           Santi llevaba una temporada un poco mala. Todo lo malo se le había juntado en los últimos meses y no tenía capacidad para sobrellevarlo. Primero, la muerte de su abuelo, que le había pillado de improviso. Lo cierto es que nunca se había tratado mucho con él, le daba miedo su carácter severo y orgulloso, y cuando coincidían prefería estar lo más lejos posible de él. Pero ahora que había fallecido, Santi se sentía culpable, no sabía muy bien por qué. ¿Por no haber hablado la última vez que les llamó a su casa en Bruselas? ¿Por haber preferido el viaje con sus compañeros a las vacaciones en casa de los abuelos? A todo el mundo no le parecían mal esas cosas, pero él no podía evitar la sensación de culpabilidad que a veces le atenazaba y no le dejaba dormir.

            Después llegó la noticia de que se mudaban. No era algo imprevisible, llevaban toda la vida así porque su padre era diplomático, pero por primera vez en su vida Santi había encajado y temía cambiarse de país, por mucho que este fuera su natal España. Se añadía perder a su amigo, al único amigo que había tenido en catorce años, al bueno de Jan, que le entendía mejor que él a sí mismo. No se quejó, era duro para toda su familia y para qué iba a regodearse más en su propio sufrimiento y el de los demás. Aunque por ello no dejara de pensar que la vida era una mierda.

            Sus peores temores se confirmaron. Aterrizar en un instituto en Madrid a mitad de curso, siendo el objeto de la curiosidad de sus compañeros le hacía sentir como un hámster en una jaula... Pronto se quedó marginado dentro del grupo de alumnos. Nunca había sido muy sociable. Por carácter era bastante introvertido y tímido. No solía contestar a las preguntas sobre su vida o sus aficiones más que con una sonrisa débil, como dando a entender que él no importaba en absoluto y que su existencia no tenía explicación. Empezó a ser el blanco de burlas de algún malintencionado, y Santi no se resistía, simplemente se dejaba llevar sin quejarse y sin preocuparse de nada ni de nadie.

            Fue su hermano Pedro el que le invitó a ir a Cuatrovientos a ver al Papa. Santi no estaba muy por la labor. Prefería pasar el fin de semana pegado a la cónsola que pasar calor en la base militar. Pedro insistía hablándole de que había un grupo majo de chicos jóvenes en la parroquia, que conocía a una chica muy guapa,... Santi fingía escucharle mientras le echaba una ojeada a la sección de deportes del periódico.

            -Además- siguió Pedro- probablemente será la última vez que Juan Pablo II visite España, está muy mayor.

            Como se dio cuenta de que su hermano le ignoraba, añadió resoplando: -Santi, ¡no puedes quedarte encerrado en ti mismo toda tu vida!, eres un amargado...

            A Santi tampoco le afectó la amenaza de Pedro. Jan no le había escrito ni un e-mail desde su partida de Bruselas, y se sentía muy solo. No era capaz de expresar lo que le pasaba por dentro, y tampoco quería. ¿Ver a Juan Pablo II? Para él, solo era el Papa de la televisión. Muy simpático, muy expresivo, siempre haciendo cosas buenas,... No le atraía conocerle más en personal, en el caso de que pudiera.

            Su madre le insistió, su padre no porque no estaba en casa. Pedro no paraba de contar el plan de la parroquia. Santi decidió ir para que le dejaran en paz. Preparó la mochila para el sábado 4 de mayo y allá que se fue con la parroquia. Pedro le presentó al párroco y a todos los chicos y chicas incidiendo en la que él consideraba la más guapa. Santi sonreía, sin sonreír, como siempre. 
            Fue un día espantoso. Mucho calor, mucho aburrimiento en la larga espera para que llegara el Papa. La chica intentó conversar con él, pero era una tarea imposible. Por fin se empezó a detectar cierto movimiento nervioso entre los voluntarios, el Papa se acercaba al aeródromo de Cuatrovientos. El grupo en el que se encontraba empezó también a agitarse. Todavía tuvieron que aguardar media hora más, y de repente se avistó el papamóvil que iba a pasar por un cuadrante cercano. Todos empezaron a correr hacia las vallas para intentar verle de cerca. Santi por inercia les siguió, pero algo le detuvo en mitad de su carrera. Y es que a pesar de la distancia que le separaba del anciano Papa sintió que sus ojos le miraban. Sintió que esa mirada penetraba hasta el rincón más escondido de su alma. Todos sus sufrimientos, recuerdos, ambiciones se revolvieron en su interior, y sin embargo, todo estaba bien. Había una luz nueva en los acontecimientos grandes y pequeños que le habían llevado a esa situación. Fue solo un segundo, el papamóvil se alejaba hacia la zona del escenario. Santi sentía que su interior se colocaba, que la pregunta que se había formulado de niño y que luego había olvidado con la vida misma se planteaba de nuevo con toda claridad y exigía una respuesta. Al fin, quedaban claras sus dudas y todo. Se le iluminó el rostro con una sonrisa de verdad. ¡Qué más daba las quemaduras del sol, la sensación de sed, el cansancio,...!
            
          La chica guapa se acercó corriendo: -¿Lo has visto? ¡Le he sacado una foto!

         Santi sonrió aún más ampliamente y preguntó: ¿Has visto al cura, a don Mariano?
         

5 comentarios:

  1. ¿Casualidad que el cura se llame don Mariano? ¿O mis exámenes me hacen ver cosas donde no las hay?

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    1. Te hacen ver cosas, ni lo había pensado, jaja: reconozco q es buena!! Pero solo utilicé el nombre de mi parroco de Alcobendas

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    2. ¡Vaya! Estaré en este estado hasta el 30 de mayo, con ataques puntuales de histeria.

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  2. ¡Qué pena que el protagonista no decidiera subirse a una silla con tres patas para ver al Papa y a continuación se caiga y tengo que pasarse toda la tarde en el hospital. No sé al leer el relato me vino a la cabeza...

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    1. ¡Cuánto tiempo! Veo que los exámenes te afectan incluso a ti!!! jajaja. Te equivocas de protagonista, me temo... En narrativa está permitida la ficción, que "disfraza" quizá la realidad, y no solo cambiando los nombres...

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