domingo, 27 de noviembre de 2011

Química en España en los años 30-40


1927: Hacia la Licenciatura en Químicas

“(…) Guadalupe inicia la licenciatura en Ciencias Químicas en octubre de 1933. Si pocas eran las mujeres que hacían entonces el bachillerato completo, menos eran las que optaban por realizar una carrera universitaria. Además, las pocas alumnas que tenía la universidad estaban concentradas en las facultades de Filosofía y Letras o de Farmacia. Guadalupe encontró que, entre los sesenta alumnos del primer curso de Químicas, solo había cinco chicas.

El viejo edificio de San Bernardo albergaba las distintas facultades de la Universidad Central, aunque sería por pocos años, porque acababa de comenzar la construcción de la Ciudad Universitaria.

La Sección de Químicas compensaba la falta de espacio para las aulas y, sobre todo, para los laboratorios, con un buen claustro de catedráticos. Todas las cátedras estaban cubiertas por profesores que estaban en la plenitud entonces de su ejercicio profesional.

(…) Le entusiasma su carrera y, obviamente, le gusta la investigación. Tiene, además, puesta su ilusión en dedicarse a la docencia universitaria.”

Guadalupe Ortiz de Landázuri, Mercedes Eguíbar Galarza, testimonios mc 2ª Edición

En la Facultad de Químicas

“Y sobre todo, años de hambre. De hambre y estudio intenso, porque en octubre de 1944, tras aprobar el terrorífico Examen de Estado en el Caserón de San Bernardo, me matriculé en la Facultad de Ciencias. Elegí, naturalmente, la sección de Químicas, que tenía su sede en un amplio edificio de ladrillos rojizos con forma de U, con dos alas paralelas y ventanas en banda, que compartíamos con matemáticos y físicos.

En los laboratorios de aquella Facultad pasé muchas horas de mi juventud. Cierro los ojos y puedo percibir todavía aquel olor: un olor ácido, penetrante, a nitrato, a sulfuro, a disolventes de bajo punto de ebullición. Podría andar a ciegas por aquellos laboratorios, entre balanzas, retortas, probetas, infiernillos y alambiques, y aún me asombro de que no voláramos por los aires con algunos experimentos...

El nivel académico era alto: comenzamos muchos y terminamos pocos. (…)

Tuve profesores magníficos: Emilio Jimeno Gil, tan expresivo siempre, nos explicaba Química Inorgánica; Antonio Rius Miró, Química Técnica; Manuel Lora Tamayo- que luego fue ministro-, Química Orgánica; Fernando Burriel, Química Analítica; Antonio Ipiens La casa, con su sempiterna pipa entre los labios, Experimental... Octavio Foz Gazulla, un fisicoquímico de Teruel, bastante joven- que había sacado la cátedra en 1941, a los 33 años-, acabó dirigiéndome la tesis.”

Un mar sin orillas, Antonio Rodríguez Pedrazuela, RIALP


Hoy como entonces hay cosas que se repiten... Hemos tenido muy buenos profesores, otros no tanto. Empezamos muchos y terminamos pocos, aunque hay algunos que terminarán y eso no es menos valioso.

Las clases en su mayoría las hemos tenido en el edificio de Biblioteca de Ciencias, la mayoría en un aula pequeña, que bautizamos como “el zulo”. El primer año nos marcaron como la “peor generación de químicos que había pasado por la Universidad”, y con ese estigma pasamos curso tras curso, demostrando que no éramos tan malos y que con nosotros uno se puede echar unas risas siempre (y un par de fotos también...). Quizá el ser pocos fue algo que nos apiñó. Bajo el respeto a nuestras distintas formas de pensar y de actuar fuimos formando una masa compacta: la generación π-bond.

La verdad, es que en mi caso, la carrera fue un despropósito continuo. Primero no me gustó casi nada, y solo me quedé porque aprobé todas las asignaturas. En segundo proyectaba hacer la doble con Bioquímica o bien cambiarme; pero descubrí que no me gustaba la bioquímica y la química me apasionaba. Eso no me ahorró sufrir en tercero la Química Física y la Química Inorgánica Avanzadas. En cuarto tenía puesta la vista más en acabar y en investigar que en las asignaturas... Pero superé la temible Orgánica Avanzada y terminé con los 310 créditos.

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