lunes, 14 de noviembre de 2011

Química en la literatura (I): Un árbol crece en Brooklyn


“Francie salió exaltada de su primera clase de química. En una hora descubrió que todo estaba compuesto de átomos en movimiento continuo. Asimiló la idea de que nunca nada se pierde ni se destruye. Incluso si algo se quemase o se pudriera, no desaparecería de la faz de la tierra, sino que se convertiría en otra cosa: gases, líquidos y polvos. Francie llegó a la conclusión de que, según la química, todo vibraba de vida y no existía la muerte. Le intrigaba el porqué los hombres de ciencia no adoptaban la química como religión.”   Un árbol crece en Brooklyn, Betty Smith

Recuerdo cuando decidí estudiar Química. En el colegio ya habíamos dado la tabla periódica y aprendido a formular y la nomenclatura de los compuestos de tres formas distintas. Estudiábamos la estructura electrónica del átomo: cómo los electrones se van colocando ordenadamente en los orbitales que les corresponde. Un lío.

Estaba haciendo un canguro una noche. Después de que se durmieran los niños (ya era tarde), me comí un par de onzas de chocolate y me puse con la tarea de química: la hibridación de la molécula del agua y del amoníaco. De repente, lo entendí. Tenía su lógica. La hibridación explicaba las propiedades de estas moléculas. Me pareció genial, grandioso, sublime. Me apasioné por la Química.

No todo es cómo nos lo enseñan en el colegio. Al final, la hibridación no es algo real, sino una teoría que permite conocer mejor la estructura atómica. Pero había cosas de las estudiadas que sí pasaban en el laboratorio y era guay ver tu cristalizador lleno de lo que la mañana anterior habías intentado sintetizar. Te hacía sentir bien, que el mundo era comprensible y que en cierta manera tú lo podías controlar.

Quedaban muchos interrogantes. La realidad no suele ser tan sencilla como nos parece a primera vista... Recuerdo que en la primera clase de Física II el profesor nos explicó que si el modelo atómico de Rutherford fuera el correcto y considerásemos que Pamplona era el núcleo de un átomo, su electrón estaría orbitando a la altura de San Sebastián, y en medio no habría nada material: sólo campos electromágneticos. Luego, ¿la materia está vacía de materia? ¿Cómo se explica? ¿Qué es entonces la materia? Y aquí nos mandó hacer una visita a la otra parte del Campus para que los filósofos resolvieran nuestra duda.

Estudiar la carrera de Química ha sido genial. Intentar comprender la dinámica de este mundo material está bien. Y está mejor aún, reconocer los límites de la ciencia, de la química, de la materia,... Por eso, de estos cuatro años en Química mi mejor recuerdo es la gente de mi clase: la generación π-bond.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Cómo terminar una historia?